Todos los trabajos de Arturo Prins tienen mucho más de documental que de ficción, del reflejo de la vida, de la parte poética y realista de la misma, y de sus ganas de investigar en tono psicológico sobre distintos campos y ante todo sobre las personas, o personajes dependiendo de cómo uno quiera mirar, y sus distintas aristas, la personal y la profesional, aunque en todas sus películas la invención, por tanto, lo ficcionado, acaba estando presente.

Buscar a Jean_Luc Godard fue su destino para obsequiar al maestro con un cuadro suyo un tiempo atrás. El protagonista, Arturo Prins, no cree en las casualidades. Su encuentro fue en la misma fecha, dos años antes de que el director muriera. Lo que no sabe el director argentino de que Godard sigue presente en su tierra, en Buenos Aires. Por ello, el artista, en su faceta como pintor, realiza un viaje emocional sobre las razones del cineasta por medio de su película Film Socialista.

El director argentino, Arturo Prins, navega entre la admiración de la persona a tratar y la más pura reflexión sobre el arte. Aquí, en No tengo nada que decir, el epicentro del mediometraje, Godard, le ha dado el justo pie para que afronte el cine cara a cara. De cómo él, Arturo Prins, ve el sector cinematográfico, que en cierta forma, y mucha, va de la mano del propio Godard. Ambos, fuera de los cánones establecidos del cine comercial y de sus circuitos, van paralelos, y el director lo ha reflejado en ese niño, como si fuera un alter ego de ambos, aunque parezca que solo refleja a Godard.

La narrativa de Arturo Prins está presente en todo el metraje, seña de identidad que revela su fidelidad a su cine, a su esencia y a forma de contar en imágenes, en doble sentido en el cine y en sus pinturas, que aquí cobran un pequeño gran protagonismo, comenzando por el cartel de la cinta.

Su cámara sigue al personaje, a la historia, a los espacios, por lo que transita ese viaje en busca del maestro. Es algo propio de Prins: buscar, siempre busca respuestas en sus imágenes, siempre argumenta reflexiones, pero al mismo tiempo deja la historia en el aire para que el espectador se la lleve a su terreno.

No tengo nada que decir, es un collage de imágenes e ideas que representan a ambos cineastas, de cómo ven la vida y el cine, cada uno en su época, pero siempre equidistantes. Creadores de historias donde la poesía transita por encima de todo, una narrativa peculiar que atrapa en su conjunto. Prins tiene una mente abierta en sus creaciones, pero sabe bien quiénes son sus referentes.

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