Foto: Daniela Haikins

Hace unas semanas Julián Solarz publicó “Resonancia – Música de Frederic Mompou”, un trabajo donde interpreta a Mompou, dando a su obra una sonoridad jazzística contemporánea. El artista argentino nos habla de su trayectoria y de este nuevo trabajo.

¿Cómo nace tu pasión por la música?

Ya de muy pequeño disfrutaba de escuchar todo lo que sonaba en mi casa: tango, folklore argentino y latinoamericano, bandas de sonido de películas o música infantil. También vivía imaginando que tocaba instrumentos, me los fabricaba rústicamente con lo que encontraba y golpeaba cualquier cosa parecida a un tambor. Al crecer, me fui enganchando con el rock y escuchar música en vivo. Recuerdo la sensación y el deseo de estar arriba de esos escenarios.

Si te digo la palabra música, ¿qué es para ti y concretamente el jazz?

Bajo el riesgo de sonar obvio, la música es mi lenguaje artístico favorito. Disfruto mucho del cine, la pintura y la arquitectura. También me encanta la escritura y las canciones con letras, pero la música instrumental y su contenido abstracto y maleable me fascinan.

Al jazz lo fui descubriendo con el estudio y me di cuenta de que era una música que ya estaba en mi genética por el lado afroamericano y la obvia genealogía del rock. Pero al conocerlo “desde adentro”, lo que más me fascinó fue la amplia paleta de colores armónicos, la fuerza vital de la improvisación y su apertura hacia otros géneros. Después de estudiar muchas de sus estéticas y épocas, hoy siento que es más una manera de hacer música que un género cerrado. Esa apertura desprejuiciada es el legado más importante que trato de poner en práctica, tanto cuando toco como cuando escucho.

Música argentina, folklore afroamericano y jazz contemporáneo, has trabajado con todos estos estilos, ¿qué te aporta cada uno de ellos y que se aportan entre sí?

Todos esos estilos tienen la raíz africana en su ADN. Con sus diferencias, comparten el eje en el desarrollo del ritmo y la riqueza de la tradición oral, la fusión y la improvisación. Además de pianista, soy percusionista y muchos de mis trabajos nacen y se mueven en torno a lo rítmico, que es donde más siento esa genética y esa influencia.

¿Quiénes componen Julián Solarz Grupo?

Lucas Goicoechea (saxo alto), Inti Sabev (clarinete bajo y alto), Juan Filipelli (guitarra eléctrica), Hernán Cassibba (contrabajo) y Carto Brandán (batería). Yo me encargo del piano, la composición, los arreglos y la dirección.

«Resonancia», nuevo trabajo, ¿cómo ha sido su creación?

En el primer disco de mi grupo, “La palabra no dicha” (2018) ya había probado un primer arreglo para tocar una pieza de Frederic Mompou en sexteto, con algunas partes escritas y orquestadas y otras zonas de improvisación libre. Desde entonces, fui profundizando la investigación en las partituras y me entusiasmé con el proyecto de un disco íntegramente dedicado a Mompou, con ese mismo abordaje cercano a lo camarístico pero con sonoridad y libertad jazzística.

¿Cómo ha sido el trabajo de selección de los temas que iban a ir en el disco, y por qué has escogido el disco Música Callada?

Música callada es la obra que más me impactó de todo lo que estudié de Mompou. Esa voz minimalista, casi impresionista, y la “escucha interna” de la que hablaba él cuando comentaba el trabajo, es con la que sentí mayor identificación. Si bien estudié y barajé muchas otras partituras, en un momento me di cuenta de que Música callada pedía ser el epicentro del trabajo.

¿Qué ha sido lo más complicado a la hora de adaptar y realizar arreglos en las canciones elegidas?

Música callada es un opus con homogeneidad, unidad y coherencia, pero también un clima similar constante que sobrevuela toda la obra. Esto se escucha en el ritmo casi desarmado (se lo llama rubato) y algunas melodías y acordes que también aparecen con frecuencia.

Para armar el repertorio del disco me preocupaba que hubiera variedad en las piezas. Así busqué distintas tímbricas e instrumentaciones, probé diversos abordajes e intervenciones rítmicas para darles a los temas un pulso que nos abriera campo para la improvisación. El otro desafío que tenía muy claro era el del respeto total por el espíritu de las piezas (o, al menos, el que yo escucho). Para eso, intenté ser lo más fiel posible al orden en que Mompou colocó las notas en favor de su armonía, que es una de sus marcas autorales más fuertes.

¿Qué significa en tu carrera Frederic Mompou?

Descubrí la música de Frederic Mompou cuando estudiaba composición con el gran Guillermo Klein y sentí desde un principio una profunda identificación con su música. Incluso, sin haberlo escuchado antes, encontré algunos colores armónicos o giros melódicos que yo ya usaba en mis composiciones. Para celebrar el descubrimiento, no podía hacer más que adentrarme en su obra, conocer más sobre su vida y tratar de plasmarlo en sonido desde mi mirada, desde hoy, desde el lugar donde vivo y la sonoridad con la que más cómodo me siento. Aunque vengan nuevos proyectos, creo que la música de Mompou me acompañará siempre.

Eres docente, ¿qué aporta esta faceta profesional en la parte de músico?

Junto con tocar, la docencia es una de las actividades musicales que más me apasiona. Lo hago hace más de 20 años y creo que es una hermosa responsabilidad la de transmitir o abrirle puertas a estudiantes, tal como me pasó a mí en mis comienzos. Además, los músicos somos estudiantes vitalicios y la docencia es otro motivo para seguir investigando y profundizando, además de conocer nuevos enfoques, tanto de maestros como de alumnos.

Hoy en día que vivimos deprisa, incluso en la música, ¿un riesgo o un reto sacar un disco al mercado?

Mucho más que un riesgo, creo que es directamente un acto de fe, una botella al mar que algunos seguimos lanzando casi por un impulso inevitable. Por múltiples razones, soy consciente de que “Resonancia” será difícil de mover y difundir: quién sabe qué puede hacer el todopoderoso algoritmo que marca la tendencia día a día con esta música a mitad de camino entre popular y académica.
Pero sigue siendo un placer y una alegría preparar, ensayar y grabar un disco, aunque sea para dejar testimonio del trabajo. En este caso, con la misión extra de hacer conocer la música de Mompou, un compositor casi ignoto en Argentina (sobre todo, en el ámbito de la música popular).

¿Cómo es tu forma de componer, y que quieres transmitir?

No tengo mucha fórmula ni estrategia muy metódica; lo hago casi siempre desde la improvisación (tanto en el piano como en la percusión o la batería) y dejo que se vayan acumulando pequeñas ideas a desarrollar.

No tengo ese objetivo de la “expresión” y mucho menos de sentimientos, pero sí busco pintar colores, líneas y llevar de viaje al que escuche. A veces, escucho internamente (como decía Mompou) que mis músicas cuentan algún tipo de historia, como si fueran pequeñas películas, con personajes y todo. Otras, visualizo algo más paisajístico como ese cine basado en planos y fotografía.

¿Qué es más complicado, adaptar o componer?

Supongo que componer, aunque puede depender de la época. El trabajo de arreglos también puede encontrarse con bloqueos y lagunas sin ideas. Ambas son actividades sumamente creativas y que requieren un estado de mucho foco y constancia a fuerza de prueba y error.

A veces, son tangentes y se tocan. Alguna vez un profesor me dijo: “Si se te ocurren muchas ideas buenas para arreglar un tema ajeno, tal vez sea mejor componer uno”. Me pareció un buen concepto.

Disco recién lanzado, no sé si ya tenéis gira programada

El disco lo estoy presentando por ahora en Argentina y ojalá se abran caminos más lejanos.

¿Un sueño por cumplir?

En 2018 pude viajar a Barcelona para tocar las músicas del primer disco del grupo, entre las que estaba aquel primer acercamiento a Mompou. Sería un sueño poder volver a cruzar el Atlántico y llevar este proyecto a la tierra donde nacieron estas partituras.

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