Curtirse en el terrero de las series, de los guiones que van paulatinamente avanzando e incluso de ese pulso del presente pasado, con los recuerdos como hilo conductor, puede haber dado a James Hawes la barita para llevar a buen puerto una historia real en Los niños de Winton, con sus pros y sus contras, pero llegando al espectador, incluso a veces de más.

Digo a veces de más, porque uno de los peros es la parte sentimental que tanto se remarca, sobre todo con la música, innecesario tanto potencial, cuando uno ya da por sentado que el drama está impregnado en la historia, en todas las realidades nazis que nos hayan contado, aunque ésta sea otra página más en esa historia macabra. ¿Por qué dar más potencial dramático cuando ya está implícito? Innecesario. Aun así la historia llega y se acomoda en el espectador para que todo fluya, algo que parte de un guion estructurado para que nos enganchemos con la historia y ver cómo será ese final posterior a lo que fue el final de la premisa de la historia que trata Los niños de Winton.

Desde el privilegio de ser un corredor de bolsa británico, Nicholas «Nicky» Winton (Anthony Hopkins) fue la cabeza pensante del rescate de más de seiscientos niños de manos de los nazis previamente a la Segunda Guerra Mundial. Tuvo la ayuda de su madre (Helena Bonham Carter), y de otros voluntarios que arriesgaron su vida por la de muchos desconocidos con nombres y apellidos. Nicky vive atormentado por el último rescate cincuenta años atrás, por lo que pudo haber sido y no fue. Pasado ese tiempo, una pequeña recompensa emocional llegó a llenar la última etapa de su vida.

Los niños de Winton es otra muesca más en la terrible historia nazi, y dentro del horror la cinta pretende recordar las pequeñas hazañas de los grandes héroes anónimos. Sin pretender ser nada moralista sí encaja en el mensaje de dar a entender a la sociedad que la empatía es un arma poderosa ayer, hoy y siempre, que el débil y desamparado puede, y debe, tener una mano amiga para tener los mismos derechos, mucho más si se plantea desde la propia atrocidad del ser humano y de las dictaduras políticas.

La película lleva implícitos más mensajes que la propia historia, tiene de telón de fondo un zasca en toda regla al periodismo, a ese que se cree tan superior que no acoge una historia, de primeras, por ser sensacionalista y no vender, o, por el contrario, poner en tela de juicio y algo que a priori sería abominable para ser visto por su formato de producción puede cambiar para dar ejemplo a otros. Casi el mundo al revés, pero es la moraleja en sí de que nada es lo que parece.

Su dirección y formato están bajo un prisma clásico, con sus flashbacks que advierten que la memoria es protagonista, y que elegir un buen actor para el papel protagonista es fundamental, y ahí no hay fallo, ante todo por la elección de que la edad sea la pertinente, y no tener que hacer más méritos que interpretar y no también recrear y adaptar. Anthony Hopkins interpreta a la perfección el papel de Nicolas Winton en esa época donde los recuerdos llevan al personaje a recordar, sin alardes, lo que fue su batalla legal y personal -por salvar a unos inocentes- llena de burocracia y de burócratas más preocupados por las formas que por el fondo.

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