Miren Iza, Tulsa, aterriza por primera vez en Cádiz, y como ella dice, con lo más grande y lo que más le gusta, con el teatro y con la música. Será el día 22 de noviembre dentro del Festival de Cádiz, Música Española, en el Gran Teatro Falla. Estará con Amadora, una obra teatral con música en directo.
Desde que tengo uso de razón, me recuerdo pegada a la música, grabándome, y fantaseando con hacer un concierto. Pero nunca habría pensado que iba a tener tanta continuidad en mi vida, que de un salpullido de juventud pasara a siete discos y tantas cosas que han pasado, pero lo celebro con esa sorpresa y con mucha gratitud, porque sé que la continuidad depende de muchos factores, no solo de mí. Es algo muy mío y muy natural, pero que se ha podido sostener en el tiempo.
Comenzó con unas amigas del instituto, con ElectroBikinis y ya conocieron lo que era firmar con una firma grande y, tal y como nos cuenta Miren, vislumbró lo malo que podría ocurrir también. Fue toda una enseñanza y debo a ese grupo y esa etapa las bases que he tenido después, por ese atisbar lo chungo que podía ser el mundo de la música a veces. Siempre tuve muy claro que quería estar rodeada de gente querida y hacer las cosas según mi víscera, con eso por delante de todo lo demás.
Miren, ¿la inocencia se pierde o se transforma? Siendo realista se pierde. Con el tiempo te das cuenta de que algo que estaba ya no está, y que era esa especie de aproximación muy naif y muy ingenua y muy bonita, y un día te das cuenta de que ya no es así, y que hay un montón, que hay sorpresas de por medio, montón de barreras y luego como esa sensación es muy desagradable he conseguido corregir muchas de ellas, pero sí que he pasado de esa etapa de pensar, ya no esto, ya no me relaciono igual con las cosas. Por eso mismo hay que poner más cortafuegos, con quienes te juntan, que haces.
Lo más complicado de manejar para Miren durante estos años en la música nos cuenta que ha sido las ganas de dejarlo porque a lo mejor las cosas no iban bien, cuando no encontraba el equilibrio entre lo que le aportaba y lo que no, porque no vendía entradas o discos, por la forma que ha elegido de llevar su carrera, y eso la llevaban al límite de pensar de qué necesidad tenía ella de seguir con ellos. Pero de esta forma estaba evitando un mal mayor, y es evitar hacer mi trabajo de una manera que no estuviera intuitivamente a gusto.
Dice tener un baturrillo de maneras distintas de componer: a veces tienes una idea y la intentas registrar en un papel o en un audio, luego tienes tus momentos de sentarte y organizar, también tus momentos de ir haciendo una canción con un programa de ordenador que puede ser otra forma de componer, menos orgánica porque no estás empezando por una base y eso te lleva a algo muy diferente. Es una suma de cosas: a veces el piano, otra la guitarra, una especie de magma por el que te dejas llevar un poco, pero sobre todo que te dejas llevar, es lo principal.

¿Qué quiere contar Miren con su música? Más bien es cómo, el que me gusta el realismo, tanto en la literatura, como en el cine. Me gusta oír relatos realistas, y mi manera de hacerlo es desde mi subjetividad que es intransferible para contar a mi manera eso mismo, cada uno tenemos la nuestra. Quizá esa es mi obsesión, más que el qué, el cómo.
Miren Iza tiene una habilidad especial de relacionar su música con otras artes. En 2013 dice que se chocó con Los ilusos de Jonás Trueba, ella volvía de estar viviendo fuera en Estados Unidos y en cierta forma nos cuenta que redescubrió Madrid y las miles de ciudades posibles que contenía. Las casualidades y las amistades unieron a Jonás y Miren y ella comenzó a mandarle música que después fue la banda sonora de Los exiliados románticos: él dice que el guion parte de la canción Oda al amor efímero.
La música tuvo un acompañamiento de lujo en los directos que hicimos y es algo muy parecido a lo que estoy sintiendo ahora mismo en el teatro con Amadora, porque la música entra en el público de una manera un poco trastornada por lo que están viendo en el escenario, todo es mucho más acogedor, los espectadores están en un estado mental muy reflexivo, muy receptivo, porque lo que se trata en Amadora es muy potente, pero qué suerte el encontrar estos rincones diferentes donde poder tocar la música, porque si no el circuito se hace muy monótono.







Es un regalo absoluto estar en el Gran Teatro Falla, porque impone, y también es la oportunidad de meter la cabecita en otras maneras de hacer, en otros circuitos; porque como venimos de mucho rock & roll, para mal (entre risas), nos viene bien un poco de pomada de estar en un teatro bonito y con todo bien hecho. Estará con Amadora, la obra de teatro a la que ha puesto la música de su último trabajo.
¿Cómo nace Amadora? De la necesidad de contar algo que yo veía en la consulta, que soy psiquiatra también, algo que veía en común en muchas mujeres, que era un dolor situado en el cuerpo muy invasivo, en todo el cuerpo. Compartían un pasado de cuidados, desde muy jóvenes a mucha gente a su alrededor y parecía que el cuerpo claudicara, con cincuenta y pico años, cuando se quedan solas por una separación, porque los hijos se van de casa… de repente están desubicadas, porque no se ha articulado en el lenguaje un malestar y entonces el cuerpo comenzara a hablar a través de los dolores, a la vez es un dolor frecuente en medicina y la respuesta muy pobre, analgésicos, antidepresivos, pero sigue habiendo ahí un problema nuclear muy grande. Eso sumado a mis cuarenta y pico años, y plantearme que tipo de señora soy, en contraposición de lo que fue mi madre, no tengo hijos, una vida diferente y enfrentarme a ese espejo y unirlo al dolor de esas mujeres, hablar en primera persona, aunque no fuera exactamente yo, pero sí mezclar esas dos vivencias. Me parecía un tema tan complejo e infinito y pensé que necesitaba un desarrollo mucho más allá del disco. Pensé primero en una película, pero me vino inmediatamente la idea del teatro, como si fueran escenas o viñetas.
Nos cuenta con alegría que en ese momento surgió que a este proyecto todo el mundo decía que sí, primero con María Velasco, y que ella misma contó su propia Amadora, contando la vida heredada o impuesta de las madres. Kamikaze también dio el visto bueno, y de lo que le parecía muy complicado al principio, todo fue rodado para su proyecto teatral musical Amadora.
Su sueño por cumplir es que se mantenga la música presente en su vida, ya que declara que cada disco es muy complicado. Siempre piensa que es el último, y que ojalá haya otro.
Fregona, nanny, médica sin MIR, chamana, personal shopper o chica de los recados, documentalista, dietista, secretaria y chica para todo, esposa y madre, a Amadora la vida se le ha ido con el estribillo «no me puedo quejar». Lo que, al comienzo, hacía como favor, se ha convertido en mano de obra y deber.
De un día para otro el dolor llega a su vida y Amadora se siente como una niña a una señora pegada: señora cansada y dolorida. El dolor abre la puerta a nuevas experiencias, y se convierte en el acicate para salir de la autovía de la angustia. Amadora empieza por trastocar sus rutinas de hogar y termina por planear la fuga de una presa política.

Miren Iza (Tulsa), idea original
María Velasco, texto y dirección
Miren Iza y María Velasco, dramaturgia
Miren Iza (Tulsa), música
Arantxa Aranguren, Celia Bermejo y Carmen Mayordomo, intérpretes
Clara Collantes (guitarra), Miguel González (batería), Eduardo Gianello (teclados-sintes)
Jose Novoa, escenografía
Pilar Valdelvira, iluminación
Peter Memmer y Ángel Luján Méndez, sonido
Josefina Gorostiza, coreografía
Jose Novoa y María Velasco, vestuario
Joaquín Abella, asesoría artística
Amanda Solar, ayudante de dirección
Villa Music, coordinación musical
Pablo Ramos Escola, producción ejecutiva
Jordi Buxó y Aitor Tejada, dirección de producción
Caterina Muñoz Luceño, distribución
Una producción de Teatro kamikaze, Simei Global, Miren Iza y María Velasco
