Qué fina línea existe a veces entre la comedia y el drama, qué poca distancia da la vida para que esos extremos se entrelacen sin poder definirlos como tal por separado, y tampoco unidos. Lo que quisimos ser, como todo, es un anhelo de esa relación o acto perfecto, que se dibuja con la singularidad de lo deseado, a sabiendas de que nunca será así.

Hay muchas preguntas en la película: ¿somos tal cual nos mostramos? ¿cambiamos para llegar a ser parte de la vida de una persona? ¿es necesario conocer todo del contrario para disfrutar de una amistad? ¿qué es el amor, la confianza y el respeto en el contrario? Puede que todas estén llenas de tópicos a la hora de contestar, pero es evidente que el director argentino ha querido llevarnos por los derroteros de una historia tan singular como deseada por muchas personas.

La película posee una equidistancia totalmente natural desde ese paralelismo de la película y su tiempo, en el que ambos protagonistas se conocen, a la realidad y cómo se capta desde la cámara, y esa relación que se forja al salir del cine. Toda la cinta es fluida, amena, con esa pizca de incógnita de saber si habrá un cambio de tuerca en el guion para una historia romántica, más allá de una amistad, o apuesta el director por revelar cómo un hombre y una mujer pueden llegar a ser los mejores amigos, aunque sea desde el desconocimiento de cómo son cada uno.

Un cine, una película y solo dos espectadores. Esas dos personas, un hombre y una mujer, se conocen a la salida de la proyección, para después tomar algo y que su historia, la que crean, sea digna de un guion de cine de ficción, desde esos dos protagonistas que crean, una escritora y un astronauta, que todos los jueves aparcan sus vidas para dejarse llevar por historias casi inventadas. Ambos crearán un mundo de fantasía, y surgirán los sentimientos, pero la vida real también aparece, y eso ya no será tan idílico.

Esa soledad en el cine, que al mismo tiempo ese gran acompañamiento de la pantalla, secuencia inicial, es toda una metáfora de la cinta. Y da lugar a una comunicación que evoca a esas tertulias cinematográficas que hoy en día se han perdido. Lo que quisimos ser es una oda al amor a la vida y al cine, por su forma y fondo.

¿A quién no le gustaría dejar de ser él mismo para, por un momento, ser quien quisiera ser? Posiblemente sí, o no, pero bien es verdad que visto en la cinta, es un juego sano, enriquecedor, donde la mente sobrevuela por encima de lo cotidiano y plasma los posibles anhelos o, por ende, los miedos de cada uno.

Ese juego que el director Alejandro Agresti nos pone en bandeja en Lo que quisimos ser es una historia de amor a la vida, una historia de respeto y una historia de amor inacabada por las circunstancias. Dos vidas sencillas, con dos personas que viven en un silencio absoluto que vuelven a hablar de cara al mundo, aunque sea uno inventado, pero el que les hace feliz. Es una película amable y tierna, pero para nada ñoña, y con unos diálogos y encuadres fílmicos que nos evocarán al cine más clásico, ese que está presente desde el minuto uno. Se nota en la cinta un cuidado en los pequeños detalles, que hacen de su conjunto una película recomendable para deleitarse con interpretaciones cercanas, sinceras y unas secuencias que incluso a veces son casi teatrales. Actuación dentro de la propia actuación del actor, desde la parte más positiva.

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