Ariel Brínguez Quintet estará «Latidos» dentro de la programación del Festival JazzCádiz el día 26 de julio, siendo quienes abrirán esa jornada cubana. Latidos es el cuarto disco de estudio del saxofonista cubano con su propia firma discográfica.

Latidos es una oda al nacimiento, dejando constancia del amor que nace siendo testigos de la propia vida, como principio de todo, de la transformación que genera ese sentimiento abriendo las puertas a un nivel emocional y en conjunción con el universo. Todo desde el nacimiento en adelante.

Ariel Brínguez nos cuenta abiertamente sobre su carrera y el próximo concierto del día 26 en el Baluarte de la Candelaria.

¿Cómo nace tu pasión por la música y eliges el saxo como medio de expresión musical?

Surge de forma natural, porque nací rodeado de música. En mi casa era lo cotidiano: las tertulias, las descargas, los amigos tocando… En Cuba, la música no es algo que se aprende, es algo que se vive. Cada fin de semana había un motivo para reunirse y celebrar, y la música siempre estaba presente.

El saxo llegó por influencia de mi abuelo paterno, que fue saxofonista en la región central y oriental de Cuba. Desde pequeño lo escuchaba tocar y sentí una conexión muy fuerte con ese sonido. No fue una decisión racional, fue algo que simplemente ocurrió. El saxo se convirtió en mi forma de hablar, de sentir y de contar mi historia.

Siendo muy joven, ganas en 2004 y 2005 el Primer Premio en el Concurso Internacional JoJazz en la categoría de Interpretación y Composición. ¿esto da alas para seguir con más fuerza o imprime presión?

Aquellos premios llegaron en un momento clave. Yo estaba en plena formación, descubriendo muchas cosas, aprendiendo del camino y de mí mismo. Pero nunca he visto la música con afanes deportivos ni competitivos. Siempre he creído más en la emulación, en la superación personal, en perseguir y alcanzar el siguiente nivel —tanto expresivo como musical.

Vi en Jojazz una oportunidad para compartir mi música del momento con personas que iban meramente a escuchar. Tener delante a un jurado formado por grandes músicos cubanos fue un estímulo enorme. Fue como una cobertura, un espacio seguro donde mostrar lo que sentía en ese momento.

Ganar me dio confianza, claro, pero sobre todo fue una inspiración para seguir aprendiendo. Para mí no se trataba de “ganar” en el sentido literal, sino de afirmarme, de entender que ese era el camino y que había que recorrerlo con humildad, con compromiso y con pasión.

¿Qué recuerdos tienes de tus inicios?

Los recuerdo con mucho cariño, porque fue una etapa muy pura. Todo era descubrimiento. Estaba rodeado de amigos, de maestros generosos, de muchas ganas de aprender. Recuerdo los ensayos infinitos, las clases en la escuela, las primeras veces que toqué en público… y también los errores, que eran parte del proceso y que hoy agradezco.

En Cuba, la formación musical es muy rigurosa, pero también muy humana. Había disciplina, sí, pero también había mucha pasión. A veces no teníamos los mejores instrumentos ni todas las condiciones ideales, pero sobraba entrega. Yo tenía claro que quería dedicarme a esto, y cada día era una oportunidad para crecer, para entender un poco más la música y también a mí mismo.

¿Cómo es tu forma de componer y qué quieres transmitir?

Para mí, componer es hablar sin palabras. Es un proceso íntimo, emocional. A veces parte de una imagen, otras de una emoción que no sé cómo nombrar. Pero siempre hay una intención de verdad detrás.

Mi forma de componer está marcada por el afán de utilizar la música como medio expresivo, como refugio emocional, como una manera de transmutar las emociones más densas, como una oportunidad para cultivar el trance de la vida. Es una herramienta de conexión constante, una forma de acompañar los momentos vitales que estamos experimentando —tanto los míos como los de quienes escuchan.

El día 26 de julio en el Festival Jazz Cádiz, ¿qué significa para vosotros estar en el festival?

Estar en el Festival de Cádiz es un honor y también una alegría profunda. Es una ciudad con una historia musical inmensa, con una sensibilidad muy especial, y tocar allí, en ese contexto, tiene algo de reencuentro con las raíces.

Para nosotros, no es solo un concierto más: es la oportunidad de compartir lo que somos, lo que llevamos dentro, con un público que escucha desde el alma. Cádiz tiene esa energía particular, esa mezcla de mar, historia y emoción que lo impregna todo.

Así que estar allí, en ese escenario, con este proyecto, es un regalo. Vamos con mucho respeto, con muchas ganas y con la intención de ofrecer un concierto verdadero, honesto, lleno de música y corazón.

¿Qué nos vamos a encontrar en esa presentación de Latidos?

Latidos pretende ser una oda al nacimiento, una veneración musical al acto de dar a luz, una reverencia a la maternidad, un abrazo a la paternidad. Es mi manera personal de hablar sobre el amor puro hacia los hijos, hacia la vida, hacia la existencia. Es un homenaje a todos los nacimientos, en todos los sentidos.

A la vez, es un grupo de melodías, un puñado de canciones que les cantábamos a nuestros hijos desde que estaban en el vientre de su madre, y que con el tiempo se convirtieron en parte de su identidad. Porque creo firmemente que cada ser humano viene con su propia esencia, y desde ese lugar, desde esa coherencia, nacieron estas composiciones.

Diseñamos un proyecto que celebra la vida: la sonrisa pura de un niño, las melodías que acompañan el sueño, la risa, los primeros momentos de contacto con esta dimensión de la realidad. Lo que van a encontrar en Latidos es eso: una música profundamente humana, que busca conectar desde lo más tierno y esencial.

Ariel Brínguez Quintet. ¿cómo entran a formar parte los cuatro artistas que te acompañan?

Este quinteto nace desde la admiración mutua y la conexión humana, no solo desde lo musical. Cada uno de los músicos que me acompaña tiene una voz muy particular, una sensibilidad única, y eso era fundamental para construir este proyecto. No buscaba simplemente instrumentistas con técnica, sino personas con las que compartir una visión, una forma de entender la música como espacio de expresión y encuentro.

Nos fuimos encontrando en distintos momentos de nuestras trayectorias, tocando juntos en otros proyectos o simplemente compartiendo conversaciones y afinidades. Lo que nos une es la escucha, el respeto y una búsqueda constante de verdad en la música.

Cada uno aporta algo esencial: su historia, su intuición, su manera de respirar el ritmo. Eso hace que el quinteto tenga un sonido propio, pero sobre todo, una energía muy viva y honesta en cada concierto.

Ese día estará Harold Lopez-Nussa, noche cubana, ¿en qué estado de salud está el jazz cubano y cómo convive con el jazz a nivel internacional?

El jazz cubano goza de muy buena salud. Siempre ha sido un movimiento muy vivo, muy fértil, porque en Cuba hay una relación orgánica entre la tradición, la rítmica y la improvisación. Y eso conecta de forma natural con el lenguaje del jazz.

Además, hay una nueva generación de músicos que ha heredado ese legado, pero que también lo ha expandido, dialogando con otras sonoridades, con otras escenas internacionales. No hay una desconexión: lo que hay es una convivencia constante entre la raíz y la innovación.

Cuando salimos al mundo con nuestra música, no sentimos que estemos haciendo algo “fuera del jazz”, sino que estamos aportando una perspectiva que es tan válida y profunda como cualquier otra. Y ver nombres como el de Harold —con una carrera sólida y reconocida internacionalmente— es una muestra de esa vitalidad. Lo cubano y lo universal no se excluyen; se enriquecen mutuamente.

Es verdad que en verano parece que dejamos de lado las salas y nos centramos más en los festivales, ¿cómo vives y te preparas cada uno de los espacios?

Sí, es verdad que en verano los festivales cobran mucho protagonismo. Es algo natural: el clima, los espacios al aire libre, la posibilidad de llegar a públicos más amplios… Todo eso invita a sacar la música a la calle, a los teatros al aire libre, a plazas, a lugares que respiran comunidad.

Pero para mí, cada espacio tiene su alma y su forma particular de prepararse. No es lo mismo tocar en una sala íntima, donde puedes trabajar más los matices, el silencio, el detalle… que hacerlo en un festival con cientos o miles de personas, donde hay que proyectar la energía de otra manera.

Me preparo con la misma entrega, pero adaptándome a lo que el espacio pide. Siempre busco que haya conexión, que la música tenga sentido en ese lugar y en ese momento. Al final, el escenario cambia, pero el compromiso con lo que se transmite es el mismo.

Llevas tres discos en España, ¿qué diferencias ves en cuanto a la grabación con respecto a lo que has realizado anteriormente?

Grabar en España me ha dado una oportunidad mágica. Vivir en un lugar tan cosmopolita me ha permitido interactuar con músicos de diferentes culturas, explorar otras tradiciones, sumar matices y colores que enriquecen cada producción.

En Cuba, aunque el talento es inmenso, estás más limitado al entorno de la isla. Aquí, en cambio, he podido abrir el espectro, trabajar con calma, con medios técnicos de primer nivel y en un entorno donde se respeta mucho el proceso artístico.

Todo eso se traduce en discos más elaborados, más diversos, y con una profundidad distinta. No se trata de comparar, sino de agradecer lo que cada contexto te permite expresar.

Estás en estos momentos en nuestro país, ¿cómo realizas ese salto a construir tu vida aquí, tanto personal como profesional?

Aquí encontré un espacio de estabilidad, de intercambio, de respeto. Un lugar donde la música tiene caminos diversos, donde hay diálogo entre culturas, y eso me permitió sentirme parte de algo más amplio.

A nivel personal, ha sido también un proceso de transformación. Emigrar no es solo cambiar de país, es redefinir tu identidad desde otro lugar. Y eso, aunque a veces es duro, también te enriquece profundamente. Hoy puedo decir que España es mi casa, y que esa mezcla de raíces cubanas con el presente que vivo aquí forma parte de lo que soy y de lo que transmito con mi música.

Si nos centramos en Latidos, ¿cómo ha sido la creación de este trabajo?

Latidos nació de una necesidad muy íntima. No fue un proyecto pensado desde lo comercial ni desde lo técnico, sino desde la emoción. Surgió a partir de mi experiencia como padre, de ese momento tan poderoso que es acompañar el nacimiento de tus hijos y estar presente en sus primeros años de vida.

La creación fue muy orgánica. Algunas melodías nacieron incluso antes de que ellos nacieran, otras fueron tomando forma al cantarles para dormir, para hacerlos reír, para acompañar esos primeros instantes. Luego vino el trabajo de ordenarlas, vestirlas, darles estructura sin perder su esencia.

Fue un proceso muy emocional, muy honesto y también muy cuidado. Quería que cada nota, cada arreglo, mantuviera la ternura y la profundidad que tenían esas canciones en su origen. En el fondo, Latidos es un acto de amor hecho música.

¿Cuáles son tus influencias y referentes?

Mis influencias son muy diversas, pero profundamente marcadas por la tradición cubana. Todo empieza en casa, con mi abuelo, Juan José Brínguez Ochoa, un gran saxofonista de la región oriental, que fue mi primer referente directo. A través de él, heredé un linaje musical muy profundo: mi tatarabuelo, José María Ochoa, da nombre hoy al Conservatorio de Nivel Medio de la ciudad de Holguín. Esa conexión familiar me dio una influencia directa, en vena.

Desde pequeño crecí escuchando las tertulias, las descargas familiares, la música de Benny Moré, José Antonio Méndez, Bola de Nieve… Y también la rumba en las calles de La Habana, los toques de tambor batá en las ceremonias yorubas, toda esa herencia afrocubana de raíz Abakuá, Bantú, Congo… Todo eso ha marcado mi manera de interpretar, de sentir la música y de componer.

En el mundo del saxo, mis referentes han sido Sonny Rollins, John Coltrane, Dexter Gordon y, en Cuba, figuras como Emiliano Salvador, Chucho Valdés, Gonzalo Rubalcaba y José Carlos Acosta, entre otros.

También he recibido influencias muy valiosas de saxofonistas anteriores a mi generación que han sido fuente de inspiración y, en muchos casos, de mentoría. Figuras como Irving Acao o Román Filiu han sido muy importantes para mí. Y, por supuesto, saxofonistas contemporáneos de mi generación, como Luis Deniz, Ricardo Izquierdo y muchos otros músicos cubanos que hoy están repartidos por el mundo compartiendo su arte, su visión. Todos ellos, de una forma u otra, han dejado huella en mi camino.

¿Un sueño por cumplir?

Un sueño por cumplir sería poder dejar una huella honesta a través de mi música. No hablo de reconocimiento externo, sino de saber que lo que he creado ha acompañado, ha tocado, ha servido de refugio o inspiración para alguien, en algún lugar.

Ese es el sueño: seguir haciendo música desde la verdad, desde el corazón, y que esa música tenga sentido más allá de mí. Que lo que dejo pueda ser útil, pueda emocionar, pueda quedarse en el tiempo como un gesto de amor y de conexión.

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