
Mis hijas, cuando tenían seis años, me hacían continuamente preguntas ingenuas:
¿Por qué hay países donde las niñas no pueden ir a la escuela?
¿Quién inventa las leyes? ¿Y quién les dice que son justas?
¿Por qué hay niños que trabajan si deberían estar jugando?”
“Si el mundo es de tod@s, ¿por qué hay fronteras?”
¿Por qué a las mamás les preguntan si saben cocinar y a los papás no?”
Al mismo tiempo, estas cuestiones que me planteaban eran profundamente éticas y políticas, aunque ellas no lo supieran. Cuando les contaba que había guerras donde mataban a niñas como ellas, su respuesta era:
¿Y por qué no van las ambulancias a salvarlas?
Esta simple pregunta que parece tan lógica en Europa es una cuestión de supervivencia en Palestina.
En la película “La Voz de Hind” de Sawt al-Hind Rajab oímos la grabación original de una niña de seis años gritando desesperada que vayan a rescatarla, mientras se oye de fondo el sonido de las balas impactando en el coche en el que viaja, en el momento de ese grito desesperado estaba escondida en el suelo del asiento trasero, a su alrededor yacían los cadáveres de sus tíos y sus cuatro primas. Un tanque israelí a una distancia de 20 metros del coche había disparado 335 balas hacia el Kia de la familia Rajab Hamada, a esa distancia se veía claramente que en el coche solo había una familia con cinco niñas detrás.
El film narra los 180 minutos de duración de la terrorífica llamada que Hind Rajab Hamada tuvo con los servicios de emergencia de la media luna roja, y lo hace usando los escalofriantes audios reales.
El montaje alterna imágenes reales con ficción rompiendo la cuarta pared de manera brillante, los actores están tod@s magníficos y se nota que están implicados emocionalmente con el guión. La puesta en escena esta siempre diseñada para explotar al máximo la implicación emocional del espectador, y lo consigue, ya lo creo que lo logra… La mitad de la sala estaba ahogada en un mar de lágrimas, yo entre ellos, por supuesto.
Las imágenes nos interpelan directamente como seres humanos.

En un momento dado, sin entender el por qué, Hind le pregunta a Rana (la trabajadora de la Luna Roja al teléfono) si su marido podría llevarla. Rana se ríe entre lágrimas y le dice que por desgracia no puede…
Durante 180 ETERNOS MINUTOS de aquel terrible (y habitual) 29 de enero el estado israelí no permitió el acceso de ambulancias.
Hind subió al automóvil familiar a las 7:30 a.m., hora de Gaza, el 29 de enero de 2024. Estaba tratando de huir con sus familiares del barrio de Tel al-Hawa en la parte suroeste de la ciudad de Gaza, después de que el ejército israelí ordenara a los residentes de la zona evacuar y avanzar hacia el sur.
Poco después se topo con un tanque israelí. Nadie sobrevivió. Cuando llegó la ambulancia, después de estar tres horas bloqueada, el ejército israelí también abrió fuego y asesino a los paramédicos.

¿Cómo hemos permitido que una niña suplique por su vida?
Europa, cuna de los derechos humanos, parece haber olvidado su compromiso con la dignidad. Se pronuncian condenas en discursos solemnes, pero las acciones son débiles y fragmentadas. El silencio diplomático, en este contexto, no es neutral: se convierte en complicidad. Cada bomba que cae sobre Gaza revela el fracaso de los valores europeos y el contraste entre lo que se proclama y lo que se permite.
Los argumentos de seguridad y geopolítica se han convertido en un escudo para justificar lo injustificable. El comercio de armas y las alianzas estratégicas pesan más que la vida de un niño que llora en la oscuridad de los escombros. El miedo a perder influencia paraliza a los gobiernos, que prefieren mirar hacia otro lado. Sin embargo, Europa, que sufrió dos guerras devastadoras y juró “nunca más”, debería recordar las lecciones del pasado. Callar frente a la barbarie ya se vivió antes, y sus consecuencias fueron irreparables.
Hoy, otra vez, se ignoran los gritos de los inocentes. Los hospitales destruidos, los cuerpos de civiles entre ruinas y las voces infantiles ahogadas en el polvo son pruebas irrefutables de la tragedia. Las resoluciones de paz quedan en papel mojado, mientras que las declaraciones ambiguas lavan conciencias (véase aquí el embargo en diferido de armas anunciado como gran éxito por el gobierno español) , pero no salvan vidas. Los niños crecen en medio del terror, aprendiendo demasiado pronto lo que significa sobrevivir. Y una niña que implora por su vida no debería encontrar indiferencia en Bruselas.
La Unión Europea nació como un proyecto de paz, pero su pasividad actual traiciona su propia esencia. ¿De qué sirven los tratados que proclaman la defensa de la infancia si no protegen a la infancia palestina? Cada día sin sanciones ni medidas firmes se convierte en un aval a la violencia. La complicidad no siempre se firma con un papel: a veces basta con no actuar, con callar, con dejar que el tiempo pase.
Los gobiernos europeos podrían presionar con sanciones reales, podrían suspender TODOS los acuerdos militares, podrían alzar la voz unánime en la ONU. Pero prefieren fragmentarse en intereses y priorizar sus conveniencias. Y mientras tanto, las súplicas de los niños se apagan bajo los escombros. ¿Cómo mirar con esperanza el futuro cuando el presente es destruido con nuestra pasividad?
Europa pierde autoridad moral cada vez que calla. Permitir el genocidio en Gaza no es neutralidad: es una decisión política. Una niña que suplica por su vida desenmascara todas las incoherencias de un continente que dice proteger la dignidad humana, pero que permanece inmóvil frente al horror. Nadie podrá vivir en paz mientras un solo niño tenga que implorar por sobrevivir.
Hasta el último día de mi vida perseguiré a los que mataron a mi hija. Aunque me lleve tiempo, seguiré persiguiéndolos
Wissam Hamada (madre de Hind)

