Hace dos semanas que finalizó Cine por mujeres en su octava edición. El palmarés ha sido el siguiente: Happy Birthday, de la directora egipcia Sarah Goher; Sorda, de Eva Libertad; y Una quinta portuguesa, de Avelina Prat, además de recibir la mención especial del Jurado Internacional, Jakobs Ross, de Katalin Gödrös. 67 largometrajes con nombre de mujer se dieron cita en Madrid, durante trece días.
Sorda es de esas películas que te erizan la piel, que saca lo mejor del ser humano, el buscar el diálogo además de la comprensión, y que logra, por parte del guion, no tomar partido por ninguno de los protagonistas; es un canto visual a la tolerancia.
La película aborda dos partes muy importantes: las relaciones sordos y oyentes, y el reto de enfrentarse a la maternidad siendo sorda y la otra parte oyente y ver cómo pueden convivir, comprenderse y apoyarse. ¿Hay barreras para la maternidad? ¿Estamos preparados para convivir con personas con algunas limitaciones vistas desde nuestra perspectiva? Pero Sorda no se queda meramente en esa pareja protagonista; abarca el mundo laboral, familiar y social de las personas no oyentes y lo hace desde una mirada real y veraz, puesto que la directora y protagonista conocen ese mundo de primera mano. La protagonista sorda, y no de nacimiento, es hermana de la directora y ha vivido muchos de esos aspectos en su día a día, así que como se suele decir en aquello de que la experiencia es un grado, aquí tiene un gran significado y un gran aliciente para hacer mucho más cercana la película.
En esta edición no he podido disfrutar de muchos de los títulos, solo el fin de semana, pero he de decir que la elección de los títulos mereció la pena:
Enclavada en lo personal está Romería, de Carla Simón, destacando por encima de sus dos anteriores propuestas, Verano de 1993 y Alcarrás. Romería está entre tres tierras: la ficción, un casi podríamos decir documental, aunque no tiene nada de real totalmente, aunque sí de una etapa, y el realismo mágico que realiza al finalizar la cinta. Ha incidido mucho en lo escénico, en los colores, en encontrar un relato visual que esté en equilibrio con las actuaciones, que destacan. Una de las mejores propuestas de este año, por su forma y fondo.

Fuera de concurso, en pases especiales internacionales estaban Palestine 36, que se acaba de presentar en Seminci, de la directora Annemarie Jacir, que también juega entre la ficción y la realidad: En 1936, los palestinos inician una revuelta contra el colonialismo que marcó el comienzo del mayor y más largo levantamiento contra 30 años de dominio británico. Hay dos partes diferenciadas: la ficción de lo personal y la parte histórica, y aunque tuvieran que estar entroncadas y mezcladas, no lo consigue cien por cien, ya que contar 30 años en un pequeño espacio es complicado, por lo que no queda del todo bien retratado. Aun así, la película aborda una temática más que interesante y de gran actualidad y nos ayuda a embarcarnos en la historia de Palestina y buscar de dónde viene la realidad de su país y su lucha.
Village Music de Lina Wang, también fuera de concurso, es una delicia escénica y sonora, y eso que se vio en V.O.S. en inglés; no sabría decir si la programación era en ese formato, pero el hecho de no tener los subtítulos hizo perder algún pequeño matiz de la cinta, pero no la esencia, que se escucha y se ve en esas imágenes en blanco y negro, potenciando aún más los sonidos y las escenas familiares de tanta cercanía y concordia. Una forma de vida entrañable y envidiable, donde la cultura, la tierra y las raíces se funden en la persona y en su día a día. El debate posterior fue enriquecedor, donde la directora y el guionista dieron a conocer detalles del porqué en blanco y negro, aunque la región es colorida, y era para realzar la música y los diálogos. Aseguraron que allí la vida es tal y como la cuentan, con la sobriedad de vivir en paz y disfrutar de su cultura musical.

Gioia mia es toda una oda a los veranos, las ganas de conocer más allá de lo que se ve, de disfrutar pese a las dificultades del momento y de conocerse por medio de la mirada de un posible primer amor. La directora lo enmarca en un drama, pero realmente la comedia sale en muchísimos momentos, y hace de la cinta una propuesta agradable en su visionado y disfrute. Apuesta por lanzar una apuesta por la imaginación en la infancia y en su paso a la adolescencia, la convivencia entre generaciones y cómo se retroalimentan; como ese crío, Nico, que tiene que convivir durante un caluroso verano con su tía abuela, a quien apenas conoce, y hacerse a una ciudad para él totalmente nueva. Margherita Spampinato ha sabido plasmar muy bien la estética y el colorido que busca recrear una atmósfera del paso de la modernidad a un espacio donde parece que el tiempo se ha detenido.
Julia Ducournau tiene un adjetivo en su filmografía y es la distopía escénica, y en Alpha no iba a ser menos. Lo vuelve a hacer desde una joven como protagonista; aprovechando la época de virus que hemos vivido, nos lleva por senderos de lo que podríamos vivir en ese escenario vírico, cual pesadilla. De la realidad a la ficción, saca una historia llena de matices emocionales y desde el prisma de la persona individual a lo colectivo, del egoísmo por sobrevivir, y no de compartir. Otro de los puntos en los que vuelve a incidir es en las relaciones familiares, aquí en un drama, y por momentos parece que la imaginación es parte de la mente de los tres protagonistas principales, madre, hermano e hija. Hay un giro en el que nos hace dudar, y a partir de ahí constantemente, nuestra mente juega al igual que lo hace ella con su guion. Pero es verdad que en el último tercio hay algunas cosas, en cierta forma, repetitivas, y que se podrían haber omitido, y concentrado más y no extender el metraje.
