El manto y su ojo del bailaor y coreógrafo gaditano Eduardo Guerrero, tras estrenarse en el Festival de Jerez en 2025, donde puso en pie a 1200 personas, lo presenta los días 23, 24 y 25 de enero en la Sala Roja de Teatros del Canal.

De esta actuación se dijo que era el espectáculo flamenco más arriesgado y provocador de la temporada y del propio autor. Una representación escénica, donde los sueños se hacen realidad y Eduardo Guerrero lo lleva por medio de la obra de María Zambrano, dando cabida en el escenario a Las cobijadas, mujeres de Vejer de la Frontera que hasta 1936 usaban el manto con el ojo izquierdo sin tapar “para ocultar su identidad y gozar de su libertad contra los imperativos de la época”.

Estará acompañado por Pilar Sierra, Samara Montañez, Lincy, Alicia Morales, Julia Acosta y Mariana Collado junto Pino Losada a la guitarra, compositor de la música original junto con Luis de Perikín, con espacio sonoro de Bruno Gonzáles. Bajo la dirección de Rolando San Martín, con diseño de luces de Rafael Gómez y vestuario de Paloma de Alba & CRIN Escénica.

“Soñé que la noche había dejado de existir. Un espacio blanco, sobrexpuesto, sin aristas, liso como una pantalla que refleja imágenes sin sombras, se colaba bajo el manto que una vez cobijó la intimidad de mi infancia”

En 2025 publicamos parte de la entrevista que hicimos con Eduardo Guerrero tras su estreno y ahora previo a la presentación en Madrid, lanzamos la misma completa:


El manto y su ojo es un recorrido delirante de un sueño, que puede ser el de cualquiera, pero en este caso y en esta dramaturgia, el que sueña es Eduardo Guerrero. La idea de quién sueña en este yo, es un sueño que ocurre en realidad y es que me quedo dormido en un teatro. Y fue a través de una actuación que tuve en Vejer de la Frontera, en el Festival del Flamenco. Justo esa misma noche soñé ésto, que me quedaba dormido en un teatro —que es algo que sucede habitualmente en los artistas porque pasamos tantas horas en un teatro— en las tablas y dentro de esas sombras que aparecían en el teatro o de esas almas artísticas que siempre rondan por las tablas de un teatro me aparecían como mujeres dentro de una cobija, de esa cobijada de Vejer. Por eso El manto y su ojo está relacionado con las cobijadas de Vejer, esas mujeres cantaoras que aparecen en el sueño de quedarme dormido en el teatro, y en este caso el misterio que hemos querido recrear es que en el sueño del que sueña es la idea de nacer, de donde venimos, si venimos del nada, si probablemente es porque hay una fuerza sobrenatural al comenzar a caminar, que es algo que también está muy relacionado con lo artístico. La pieza arranca con eso, con nacer; te quedas dormido en el teatro y el inicio es comenzar a andar dentro de esas tablas a través del apoyo de esas mujeres que en sí están cubiertas por ese paño, por ese cobijo que lo utilizaban para protegerse de la intemperie, del frío, de ocultar a sus hijos dentro de ese manto, de llevar alimentos, de llevar flores, de llevar su vida dentro de un manto.

Esto parte de un sueño, pero, ¿qué elementos adicionales has insertado tú a la hora de la creación? Queríamos hablar de María Zambrano y también del hombre y lo divino. Es algo que siempre rondaba en mi mente: el sueño y el tiempo. Restituir la noche para dar cobijo al sueño, algo como de interioridad y de descanso del cuerpo, pero queríamos que todo el poemario de María Zambrano envolviera la pieza; todas las letras se han construido a través de ese poemario, que ha sido un trabajo muy interesante, porque su poesía tan filosófica me llevaba a lugares muy ensoñados, que era lo que queríamos, y también ver ese sueño, que realmente hay mucha parte que es real y mucha parte que es irreal, que era lo que suele pasar en los sueños; no todo es real dentro de ese sueño. El contar con estas seis cantaoras para ese trabajo era algo que nos ponía en tesitura, pero que también me daba mucho placer el descubrirlo, el saber hasta dónde podían llegar esas seis cantaoras encubiertas con el cobijo, cantando dentro de ese cobijo y qué podían ocultar dentro de esas cobijadas. La guitarra de Pino también nos lleva a un lugar maravilloso y de ensueño, puesto que eso nos envuelve en lo que es la tradición del flamenco. El toque de una sola guitarra ante seis voces de seis mujeres era algo como muy cautivador y muy interesante para contar este sueño. También poder tener la colaboración de Luis de Perikín en la dirección musical. Es algo que nos ha enriquecido mucho, al igual que la dirección escénica de Rolando San Martín, que hay un gran trabajo de ese sueño que, cuando yo se lo conté y se lo planteé a través de mi libreta, ya él en sí empezó a descubrir muchas de las imágenes que aparecen en escena y de toda esa dramaturgia que ocurre en este sueño de El manto y su ojo.

¿Dentro de la obra de María Zambrano, no sé en qué etapa te has centrado o si has elegido de distintas? Hemos querido abrir a todo el poemario en general, porque no queríamos solo centrarnos en una etapa de María Zambrano, puesto que hay muchas de las etapas de ella que nos hablan del sueño y de lo que ocurre en ellos, de esas imágenes que ella nos ha ayudado a poder poner en valor lo que es la pieza y darle sentido a muchas de esas partes que realmente no teníamos como descubrir. Hay muchas partes que dicen: «Si vivir es bueno, es mejor soñar y, mejor, todo, madre, despertar». Hay partes que nos hablaban de esas mujeres, de esas madres, de esas amigas que también se ocultan bajo ese manto, pero sobre todo de esas mujeres que ayudan al que sueña a caminar, a bailar, a cantar, a curar sus heridas. Hay muchas partes de la pieza que también hemos descrito; por ejemplo, el comienzo es la intemperie, el segundo cuadro es la cobijada, el tercero la herida de la vida, herida de la muerte, el regalo de tú en el amor y el asombro del mundo.

¿Cómo es tu forma de trabajar en un montaje con el resto de personas que están contigo en el escenario, en los ensayos? Inicialmente hago un trabajo, una dramaturgia; después de la dramaturgia vamos a lo sonoro con el equipo artístico, luego iluminación, después escenografía, vestuario y luego llega el momento de encontrarnos todos a comenzar la pieza y darle vida. Pero la verdad es que este trabajo ha sido muy laborioso a nivel de investigación sobre las cobijadas; también ha sido muy enriquecedor, porque hablar de uno mismo, aunque le cueste mucho trabajo, pero también me sanaba, me hacía como volver a mi niñez y eso me era muy agradable. Eso me ha gustado mucho. Y ahora, pues, volvemos con el mismo proceso. Será reunir a todo el equipo, buscar un lugar de encuentro donde podamos pasar una semana con trabajo de vídeo, con trabajo de mesa, definiendo mucho mejor el trabajo del poemario de María Zambrano. Creo que podemos sacarle mucho más provecho, releer esos textos que ya están, seguir enriqueciéndolo a nivel más poderoso, que lancen más mensajes, que estén conscientes de lo que ocurre en la escena, y eso va a ser un trabajo previo, porque a mí no me gusta que pase mucho el tiempo para poder tenerlo cerquita y fresco, así que será próximamente ese trabajo.

¿Cómo has organizado y creado la estructura de cada parte que tiene El manto y su ojo? En el comienzo de la pieza está ese comenzar a intentar andar. Acabas de nacer en un teatro y lo primero que haces es estar sólo ante la intemperie y lo que intentas es ponerte de pie y descubrir cómo andar, reconocer tu cuerpo, también comenzar a dar esos primeros pasos de baile. En el nacer hemos querido hacer una búsqueda de lo que era mi comienzo porque al final hablamos de mí, el que sueña entonces, cómo comienzo a aprender a bailar, cómo comienzo a esos primeros pasos y a enfrentarme a esas primeras tesituras del arte; hay un trabajo en una pequeña silla que también enfoca esa niñez, el trabajo en algo muy pequeñito, en ese pupitre donde uno reflexionaba, intentaba tomar valor a tus primeros pasos en la danza y todo eso es lo que lleva a la pieza a seguir creciendo y a seguir soñándola, porque al final es como Eduardo Guerrero evoluciona dentro del flamenco, desde lo más pequeño, desde lo más débil, desde lo más sencillo hasta encontrarse con él mismo, con la guitarra en soledad y bailando una farruca solo a guitarra, curando el asombro del mundo, darte cuenta que el asombro del mundo para ti es estar bailando con una sola guitarra ante el asombro del mundo, que no es otra cosa para mi que estar bailando con una sola guitarra ante mil ojos que te están observando.

Me gustaría que me contases cómo entra Pino Losada y las seis cantaoras, que alguna, por el vídeo que he visto, también baila. Queríamos ver que las cobijadas no fueran solo una cobijada, sino que cada cobijada también fuera individual y que tuviera su propio carácter, tuviera su propia forma de expresarse. Y cómo también llevar las escenas, cómo poder trabajar con ellas desde lugares personales, aunque fueran esas sombras del teatro, también poder descubrir que cada una tiene su personalidad, cómo se enfrentan a los miedos, a sus niñeces; algunas ya son madres, cómo paren a ese Eduardo Guerrero en el sueño. Porque lo primero que hay es un romance cantado a capela de esas mujeres ensoñadas en mitad de un bosque, pariendo ante la soledad de ellas mismas, y eso para mí es un momento muy interesante de la pieza, porque me hace también volver a la barriga, a estar dentro de ellas, a darme cuenta de cómo ellas se desprenden del feto, o de ese niño que queda, y lo dejan ahí ante la intemperie a entrar. Entonces lo primero que hacen es alimentarlos. Dentro de sus cobijos llevan leche, llevan plátanos, llevan objetos de la niñez, llevan la camiseta de la primera comunión; es como dar visibilidad a cómo esas mujeres van alimentando el camino de Eduardo Guerrero hasta llegar a enfrentarse a la misma sombra del mundo, al verse él solo ante el público, ante una guitarra y en esa soledad. Y la guitarra de Pino es otra parte que aparece siempre en el sueño, porque el que sueña en un teatro y no sueña con una guitarra, para mí raramente es que esté soñando con un teatro. Por ejemplo, en ese sueño siempre aparecía el sonido de una guitarra y siempre aparecía la voz de un cante y siempre aparecían esas sombras de esas cobijadas alrededor de mí y nunca conseguía despertarme sin antes haberme dado cuenta de que había estado bailando, pero no sé si era en un sueño o era real que estaba bailando en este año.

Por la forma de contarnos todo, nos da la impresión que en cierta forma es un sueño recurrente en Eduardo Guerrero, y así nos lo afirma y nos dice que piensa que en los sueños siempre habitan fuerzas mágicas y secretas, y que en los mismos aparecen imágenes de cosas imposibles e incluso desconocidas, pero que al mismo tiempo el cuerpo entra en un estado activo, pero en otro momento, cuando se duerme también lo abandonas y realmente hay una parte de uno que deja de estar. Por eso queríamos entrelazar esa también dosis de realidad e irrealidad.

Pero como la vida es soñar, y estando despierto, efectivamente Eduardo eso también lo plasma aquí y sus sueños y anhelos de infancia aparecen, recuerdos, y nos dice que muchas partes de la obra son de los sueños despiertos de su niñez. De escenas de juegos con sus hermanos, de sus primeros bailes de crio encima de una silla pequeña, de los zapateos que su madre dejaba que él hiciera en el suelo de casa, y que luego probaba con zapatos de baile en la silla.

Hay muchos momentos de esa niñez del niño que los recuerdo y los plasmo dentro de ese sueño porque para mí se quedaron en esa niñez, pero que se transforman hoy en día en un sueño hecho realidad. El momento de ponerme esa camiseta de tirante de la comunión, pues para mí fue un momento muy importante porque yo veía a todos los niños que se vestían de marinero, de almirante para hacer la comunión. Yo le pedí a mi madre que quería ir de bailaora y realmente fui a mi comunión vestida de bailaora con mi pantalón alto, mi chaquetilla toda corta, mi camisa de chorrera, mis botas de bailar y así fue como me presenté en la iglesia. Y creo que eso fue identificado, algo muy importante para mí, por mi personalidad, afrontarme a eso de decir yo voy a ser bailaor, desde el día de mi comunión me quiero ver vestido de bailaor, y entonces el vestirme de comunión para mí solo fue el ponerme esa camiseta de tirante, esos calcetines blancos altos y el resto era vestirme de mi armadura de guerrero, de bailaor, que era como me sentía seguro. Y todas esas imágenes siguen estando dentro de ese sueño del niño, igual que al principio siempre recordé una parte de mi abuela, que era la mano del almirez donde majaba los ajos, y yo con ese ritmo le solía bailar a mi abuela en el salón de la casa, siempre subido a una silla porque mi madre no me dejaba zapatear en el suelo. Y mi abuela no me hacía compás porque ella no era flamenca, pero sí con el sonido de majar el ajo; yo ya encontraba un ritmo para poderle bailar a ella. Y eso es otra de las partes que está en ese comienzo del sueño que nace en esa niñez.

Que nos dejen cumplir sueños es efectivamente importante en nuestra vida, y así nos lo corrobora Eduardo Guerrero, que con este trabajo ha recurrido a los recuerdos, a los sueños despierto y dormido, y nos comenta que quería contarlo ya que en las obras anteriores buscaba lo que ocurría socialmente y a un trabajo externo, que nunca se había preguntado por él mismo, por el hecho de por qué le dio por bailar, de ese momento donde nació el sentirse bailaor.

Necesitaba también escribir sobre mí, sobre mi persona, sobre lo que me ocurría a mí. Los vídeos de pequeño que me venían a la mente, explorar también dentro de mi interior, bailar; yo siempre digo que empecé a bailar en los estadios, porque mi hermano era futbolista profesional, mi tío trabajaba en el Cádiz, mi padre trabajaba en el estadio, y yo empecé a bailar en las gradas del estadio, entre los descansos. Entonces, desde niño recuerdo el estar vestido con la equipación de fútbol, con mis medias altas, mis botas de fútbol, pero llegaba el momento del descanso, me ponía a bailar en las gradas y me daba igual lo que sonara, que yo los primeros pasos que había aprendido en la escuela de baile, los ponía allí en el estadio. Entonces hay también una parte de eso de la estética del fútbol que también aparece ahí entre las vendas de curar los esguinces, porque en mi tío, al ser utillero, también aparece esa venda, esas botas de fútbol de color fluorescente, esas medias altas… Entonces hay como parte de recuerdos y parte del sueño de Eduardo Guerrero ante El manto y su ojo.

Y esa parte, la de hablar de él, es la que dice haberle sido lo más complicado, desde la parte emocional, porque nunca lo había hecho. Asegura que fue al mismo tiempo enriquecedor ver cómo sus sueños se habían cumplido, recordar su infancia y ver que sus recuerdos eran felices. Lo más fácil fue el saber que iba a contar con seis cantaoras, porque sí tenía claro los palos que quería bailar, porque quería estar en ellos en ese preciso momento, y darles su oportunidad. Nunca había bailado por farruca y es una pieza en la que me siento muy cómodo, tampoco una canción folclórica, y una canción del pueblo a través del villancico y también lo he podido realizar. También me he sentido muy cómodo a la hora de enfrentarme solo con mi cuerpo a la escena, con sólo ese paño santo que llevo a modo crístico; verte desnudo ante la intemperie y solo buscar que tu cuerpo siente que está conectado contigo, eso ha sido una de las partes que más me ha impactado y más me ha gustado encontrármela en mí mismo.

Eduardo Guerrero es de los que estrena y deja reposar un poco antes de retomarlo en un escenario. Graban las piezas para las posteriores correcciones, es un creador más que meticuloso en cada trabajo. Dice que al menos dos o tres semanas, para no juzgarlo tan pronto y disfrutarlo internamente, y en esta ocasión fue así, y además nos cuenta que cuando lo vio, tiempo después, se llevó una grata sorpresa, porque le gustó más de lo que esperaba, algo que no le suele pasar con otras piezas. La disfruté mucho cuando la vi por primera vez pero ya la segunda empecé con libreta y boli y empecé a analizar completamente; creo que hay partes muy muy brillantes que son partes que estaban super claras dentro de la pieza pero que hay cosas que se pueden mejorar, son detallitos que ya las veo y no son cambiar de la pieza, son enriquecerla y bueno es a nivel de luz, a nivel sonoro hay algunas partes pues que a lo mejor les falta un poco más de dinámica, que no esté tan pautado, tan lento, que se vea como más naturalizado. Son pequeñas puntualizaciones que son para enriquecer la pieza. Creo que es un espectáculo que tiene mucho recorrido y está muy vivo y muy presente en mí. Tengo muchísimas ganas de volverla a poner en pie.

Ese día ya ha llegado, y Eduardo Guerrero se subirá al escenario de La Sala Roja Concha Velasco de Teatros del Canal de Madrid del 23 al 25 de enero.

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