En 2025 Xerach lanzó Canciones bobas, un disco con el que se lanzó con sus composiciones a crear no sólo un concierto sino un espectáculo en directo. Ahora la artista pasa por un momento donde pasa del pop electrónico al reggaetón contemporáneo o viceversa, con composiciones reivindicativas (Gota a Gota, Pobre Diabla, Clara, Ghosting) y con su sello de identidad, una gran libertad creativa.
¿Cómo estás viviendo la música desde el momento de lanzarte a tu propio proyecto?
Estoy en un momento muy dulce, pero también muy intenso. Este proyecto lleva conmigo desde 2022 y ha pasado por muchos lugares: la banda, las bailarinas, los pitch, las portadas… pero también por encerrarme en el sótano y hacerle casi una biopsia a cada tema, mirarlos desde dentro, sin escapatoria.
Siento que los he atravesado desde todos los sitios posibles, y eso hace que ahora esté en un punto muy conectado, muy real. Yo normalmente he estado tocando la batería para otros proyectos, acompañando, pero este año todo el foco está en lo mío, y eso cambia completamente la forma de vivir la música: ya no hay distancia.
Además, es un proyecto 360. No es sólo hacer canciones: es el concepto, lo visual, lo escénico, la producción… todo pasa por mí. Y eso es exigente, pero también muy potente, porque hace que todo esté alineado con quien soy ahora.
Y a nivel musical, lo que más estoy disfrutando es cómo las canciones mutan: hacer un arreglo para cuarteto, luego desmontarlo a trío, a dúo, o tocarlo en acústico. Ese recorrido hace que no me pueda esconder. Estoy completamente dentro de lo que digo, de lo que compongo y de lo que toco.
En estas últimas composiciones hablas desde la verdad y de verdades que hablan abiertamente en canciones directamente, sin dejarlas un tanto metafóricas. ¿Cómo decides escribir sin tapujos?
Hablar desde la sinceridad no es algo nuevo para mí; es literalmente lo que hizo que empezara a hacer canciones. Yo no compuse Canciones Bobas porque quisiera componer, sino porque me salió. Las canciones aparecieron así, sin filtro, como una forma de sobrevivirme. Fue eso lo que me empujó a dejar de estar sólo detrás de la batería y ponerme delante, a cantarlas.
Lo que cambia en «¿Tú me quieres? Yo te adoro»; es que esa sinceridad se expande. Ya no habla sólo de algo que me pasa a mí, sino de algo que nos atraviesa a muchas: esa sensación de soledad en medio de la hiperconexión, de estar constantemente vinculadas pero profundamente solas.
Creo que por eso ahora se siente más directa, más expuesta. Porque cuando lo que cuentas resuena también fuera de ti, se vuelve más difícil maquillarlo.
¿Crees que en la música falta escribir mucho más desde la sinceridad sin pensar en los éxitos?
Es complicado, porque al final el capitalismo lo atraviesa todo, también la música. Pero para mí hay una diferencia muy clara entre la música y la industria musical, y siempre he intentado separarlo.
Mi proyecto no nace desde un lugar económico. Por eso también trabajo tocando para otros: ese es mi trabajo. Mi proyecto, en cambio, es mi espacio artístico, y ahí las reglas son otras.
Yo compongo porque estoy completamente enamorada del proceso creativo. Porque me late el corazón cuando hago una canción. Porque me emociona imaginar cómo una bailarina va a habitar ese tema, cómo va a ser la portada, el orden del directo… Todo ese universo.
Entonces, más que pensar en el éxito o en cómo va a funcionar, lo que me mueve es esa pulsión. Si luego conecta, increíble. Pero el origen nunca está ahí.
En una entrevista anterior, de Canciones bobas, me dijiste que cuando comenzaste a escribir lo hacías desde el enfado, posteriormente desde lo bonito de la vida en Canciones bobas, y aquí en estos avances de lo que será tu próximo trabajo, ¿desde dónde están escritas?
Más que hablar de un paso del enfado a lo bonito, creo que mi proceso creativo funciona como un filtro. Todo lo que no me encuadra, lo que me genera tristeza o desconexión con lo que soy, pasa por ahí. Y al atravesarlo, se transforma: deja de ser algo pesado o bloqueante y se convierte en algo adrenalínico, incluso eufórico.
Eso sigue estando muy presente en «¿Tú me quieres? Yo te adoro», igual que en «Canciones Bobas». Lo que cambia es el tono. Aquí hay más tensión, más fricción.
El propio concepto del disco ya tiene algo de controversia y de sarcasmo. Estoy hablándole a una sociedad que está completamente saturada de conexión, pero que no sabe vincularse. Y eso genera un punto de enfado, incluso de agresividad, que se traslada directamente a la producción.
Hay temas que son muy en la cara, como Ghosting, o Clara, que es más lento pero igual de intenso, muy contenido y a la vez explosivo. En este disco todo está más llevado al límite.
Pobre Diabla de Don Omar, desde tu mirada, ¿cómo nace el llevarte a tu terreno este tema?
Nace desde algo muy emocional y muy generacional. Pobre Diabla ha estado conmigo desde la adolescencia, desde ese lugar muy concreto donde el reguetón era refugio, fiesta y también un poco secreto.
Pero más allá de lo personal, me interesaba mucho lo que la canción representa. Es un relato muy duro que, sin embargo, se ha vivido siempre desde lo colectivo, desde el disfrute. Esa contradicción me parece muy potente y conecta directamente con lo que yo trabajo: cómo emociones difíciles pueden transformarse en algo compartido, incluso eufórico.
No quería hacer una versión nostálgica ni literal. Necesitaba atravesarla de verdad y llevármela a mi lenguaje, a mi identidad, a mi forma de entender el cuerpo, el deseo y los vínculos. Cambiar el punto de vista y cantar desde otro lugar.
En ese sentido, más que versionarla, ha sido dialogar con ella.

Para esta canción has realizado un videoclip donde la danza contemporánea es muy protagonista, ¿cómo fue tu planteamiento al realizar ese trabajo?
La danza no aparece como algo decorativo, sino como una parte central del lenguaje. En mi proyecto, el cuerpo es una herramienta de discurso, no un acompañamiento.
Pobre Diabla ya había tenido una vida muy física en directo, y el videoclip nace de la necesidad de trasladar esa energía a la imagen. Me interesaba que tocar y bailar fueran casi el mismo gesto, que no hubiera jerarquías entre lo musical y lo corporal.
A nivel conceptual, trabajamos mucho con la idea del tiempo. Grabamos la pieza al doble de velocidad para luego reproducirla a la mitad, generando esa sensación extraña donde los cuerpos conviven en distintas temporalidades. Para mí era una forma de materializar lo que hace la canción: traer algo del pasado al presente sin que deje de ser lo que fue.
También el espacio era importante. La azotea, como un lugar abierto pero solitario, casi un “no-lugar”, conecta con esa idea de soledad emocional que atraviesa todo el proyecto. Y frente a eso, el cuerpo aparece como resistencia, como forma de sostenerse.
No quería ilustrar la canción, sino expandirla.
¿Concibes tu música sin mezclarla con otras artes, tanto en videoclips como en los directos?
Creo que ahora empiezo a concebir mi música como un ente más autónomo, aunque para mí sigue siendo un canal dentro de algo más grande. La batería es mi lenguaje materno, desde donde entendí todo, pero luego eso pasa por la producción, por la letra, por la canción… y desde ahí se expande.
Esa expansión es natural en mi forma de trabajar. Siempre he estado muy vinculada al cuerpo, al concepto, a lo escénico, a la imagen. No entiendo del todo mi práctica sin esas capas, porque forman parte de cómo pienso y de cómo construyo.
Lo que sí está cambiando ahora, con la gira, es la relación con mi propia música. Siento que cada vez confío más en ella, en su forma más esencial, más pequeña. Como que la canción, por sí sola, ya se sostiene.
Y eso me permite, por un lado, seguir abriendo el proyecto hacia otros lenguajes, pero también entender que mi música no necesita siempre de todo lo demás para existir. Puede hacerlo, y luego decidir hasta dónde se expande.
¿Del concierto de hace dos años de Canciones bobas nació la infraestructura para este nuevo trabajo?, es lo que me dijiste al preguntarte por un sueño por cumplir.
Sí y no. Ese concierto fue clave, porque ahí empezó a tomar forma todo lo que está viniendo ahora. Pero la infraestructura como tal es otra cosa: es una lucha constante, una dedicación y una focalización muy sostenida en el tiempo para que el proyecto pueda existir.
Lo que sí siento es que ahora estoy en un momento de recogida. De repente voy a ser telonera de Camela, y cuando miro atrás pienso: si me lo llegan a decir el día que estrené en los Teatros Luchana, hubiese flipado.
Y no es sólo eso. También los conciertos que están saliendo por mi cuenta en Canarias, las escuchas… Lo digo desde un lugar muy humilde, pero ya empiezan a pasar cosas: los temas entran en listas, el proyecto se mueve.
Al final, son tres años muy focalizada, muy a tope, sumados a todo el bagaje previo de haber trabajado con otras artistas, produciendo, colaborando… Y ahora siento que estoy en un momento más primaveral, donde todo ese trabajo empieza a florecer.
¿En qué proyectos paralelos sigues, tanto en música como en teatro o danza?
Con Ale Acosta, La Mare como proyectos fijos. Con Ale estamos a punto de irnos a Camerún a tocar y con La Mare no paramos de vivir aventuras; la última, que fue preciosa, fueron unos conciertos con doble repertorio, el mío y el suyo, donde yo tocaba batería y teclado a la vez. No creo que se me olviden.
A nivel de danza, lo que más se está moviendo es el dúo Pies de Gallina de Ana F. Melero y Luna Sánchez, que entró en la red de cielo abierto y cuya música compuse.
Ahora mismo te encuentras de gira, ¿cómo te estás sintiendo en los directos con estas nuevas canciones? ¿Quién te acompaña en los conciertos?
Me estoy sintiendo increíble. Para mí es una materialización total, una bajada a tierra de algo que llevaba mucho tiempo en mi cabeza, en el Ableton, en el teclado, en los tambores… Y de repente ahora es real.
Y es real de verdad cuando entra el público, cuando la gente lo escucha, cuando se genera esa conexión. Ahí es donde todo cobra sentido.
Además, la gira está siendo muy viva porque el proyecto se adapta a distintos formatos. Hay conciertos muy íntimos, como los que hice con La Mare a dúo en acústico, y otros donde voy con Javi Rubio a la guitarra, donde ya tengo que ocupar más espacio: tocar, cantar, sostener más.
Luego están los formatos a trío con Adriana Puentes y Magalí Datzira, y también la banda completa. Cada formato es una forma distinta de habitar las canciones, y eso lo hace todo mucho más rico.
Siento que es una oportunidad guapísima, y además acaba de empezar. Tenemos un montón de fechas por delante, en la península y en las islas, y estoy con muchas ganas de vivirlo.
Y sobre todo, muy agradecida y muy consciente de lo bonito que es este momento.
¿Si nos tuvieras que lanzar una invitación para tus conciertos, cómo sería? En concreto en Madrid estarás en la Sala Villanos
Les diría que vengan con el cuerpo abierto y sin expectativas. Que no es un concierto al uso, que no van sólo a escuchar canciones.
Es un proyecto diferente, muy genuino, completamente independiente, y detrás hay mucha lucha y mucha emoción. Y creo que eso se siente.
También siento que vivimos en un momento en el que tenemos todo al alcance de un clic, y eso hace que muchas veces sólo vayamos a lo que ya conocemos. Y para mí ahí hay una pérdida enorme, porque lo desconocido también tiene un valor: el de sorprenderte, el de dudar, el de asombrarte.
No se trata de consumir algo y decir “estuve aquí”, como una story más. Se trata de vivirlo de verdad, de que algo te pase.
Y creo que este proyecto puede hacer eso: puede atravesarte.
¿Un sueño por cumplir?
Que ésto siga y siga y siga, poder ampliar esta gira, poder ir a festivales y verte el 27 de septiembre en la sala Villanos, donde presentamos este segundo disco «¿Tú me quieres? Yo te adoro.»
