
Hay una escena de El Ministerio del Tiempo que hoy adquiere una fuerza especial: Lorca descubre, al escuchar a Camarón cantar sus versos décadas después de su asesinato, que no fue en vano y en ese momento nos dice a nosotros, los espectadores:
“Entonces he ganado yo, ellos no”
El estreno de La bola negra, de Los Javis, parece prolongar aquella misma intuición: frente a quienes quisieron silenciar a Lorca, su obra vuelve a ocupar las pantallas, los escenarios y la conversación pública, y lo hace además para contar historias de deseo, identidad y libertad que durante demasiado tiempo fueron condenadas al silencio. La película, inspirada en el legado y en el manuscrito inacabado de La bola negra, llega precisamente en un momento en que el debate sobre la memoria, la intolerancia y el resurgimiento de discursos de extrema derecha vuelve a estar presente en España.
Quizá ahí esté una de las respuestas más poderosas que puede dar la cultura: recordar, crear y contar aquello que otros quisieron borrar. Porque mientras las historias de Lorca sigan vivas, quienes intentaron silenciarlas no habrán conseguido escribir el último capítulo.




La nueva película La bola negra, dirigida por Javier Ambrossi y Javier Calvo (los Javis), no pretende ser una biografía de Federico García Lorca, sino una obra profundamente influida por su legado literario y trágico. Inspirada en un bosquejo incompleto del propio Lorca y con guion de Alberto Conejero, la cinta imagina lo que podía haber sido una obra lorquiana inacabada, convirtiendo su falta de final en una plataforma para explorar temas silenciados por la historia. La película canaliza lo lorquiano a través de imágenes y símbolos que reflejan represión, deseo y fatalismo. El breve y brillante papel de Penélope Cruz desliza en sus diálogos una poderosa reflexión sobre la «fantasía de la posibilidad» frente a la devastadora certeza de la guerra. La película de Los Javis no reconstruye a Lorca… ni lo pretende. Es un sincero homenaje al universo lorquiano y cada plano de la película profesa ese amor por el autor de Granada se nota en cada composición, en la fotografía, en la gran dirección de actores. La película supura amor por Lorca.

Reivindicar el desnudo masculino como algo natural, bello y poderoso, sin convertirlo en tabú ni esconderlo bajo la mirada moralizante con la que tantas veces se ha tratado (esos planos detalle escalando al cristo derruido), es también una forma de romper con una tradición cinematográfica que durante décadas ha celebrado el cuerpo femenino mientras relegaba el masculino a un segundo plano. Esa reivindicación atraviesa toda la película y se convierte en una declaración de principios. La estructura de flashbacks que Eentrelaza las tres historias no es nueva, pero aquí funciona con una precisión y una contundencia extraordinarias, al servicio de una obra madura, seria y plenamente consciente de lo que quiere decir. Una película que no pide permiso para mirar, para desear ni para mostrar, y que precisamente por su carácter universal y su capacidad para trascender fronteras podría dar la campanada en los Oscar. De esas películas que llegan a un festival y dejan huella. Sin duda, una de las grandes películas de esta edición del Festival de San Sebastián.
