Fotos de Clara Ruiz

Guillem Roma presenta hoy en la Sala Sol su último trabajo, Ritual de Expropiación, en la Sala Sol de Madrid. Un proyecto multidisciplinar donde la música y la danza se unirán en el escenario. Después de escuchar su disco, es imposible no viajar a los lugares donde ha vivido, como México y Cuba, y de los que nos dice que, si no fuera por ellos, su música sería distinta: Esto marcó totalmente mi estilo, mi forma de entender la música, de cómo vivirla, de cómo compartirla.

Hay veces que lo que uno estudia no es lo que acaba siendo su profesión; es el caso de Guillem Roma, quien estudió Comunicación Audiovisual, pero acabó centrándose en la música, algo con lo que ha convivido con toda naturalidad en su familia, en su casa. Desde muy pequeño estudió piano y saxo, de los cuales dice ya no acordarse, porque se ha centrado en la guitarra.

Ahí encontré mi instrumento como cantante, como cantautor, como artista para crear mis canciones. Y últimamente me interesa mucho todo el universo de la electrónica, las máquinas, los efectos, y me gusta incorporarlo a mis trabajos.

En la parte audiovisual y los videoclips, dice encontrar un caramelito, una forma de estimularse el hecho de pensar cómo sería en video esa canción, aunque luego no lo realice. Nos comenta que en muchas ocasiones, al pensar en una canción en imagen, es cuando le ha venido la letra, por lo que para él imagen, letra y sonido se retroalimentan.

7 discos, ¿si me tuvieras que definir cada uno de ellos con una palabra, o qué significa cada uno de ellos para ti?

El título de cada disco es una palabra, y para mí lo define mucho. El primer disco se llamaba Oxytocina, que es la molécula del amor, que lo llaman. El segundo, Nómadas, mi música es una música muy viajera, hay influencias de muchos lados, entonces Nómadas, en ese disco había mucho viaje. Conexiones, el tercero, que también ha sido un hilo conductor en mi música: buscar siempre esa conexión con uno mismo y con el público y con lo que nos rodea. Después ya empezaron palabras dobles. Postureo real, la constante y la variable, que ahí pues empecé a experimentar un poco más, a mezclar un poco con la electrónica, encontrando un poco más también la forma de expresarme a nivel de mensajes y de texto, dándole al disco un poco más de dramaturgia, digamos. Y el último, que es Ritual de expropiación, que quizás es el más conceptual a nivel de relato.

Para mí, después de escuchar Ritual de expropiación, lo llamaría conjunción de música, y Guillem me dice que es muy acertado, porque su música siempre ha sido muy ecléctica, que le cuesta mucho poner etiquetas a lo que hace.

En ese último disco un poco más, porque quería forzarme a hacer cosas distintas. Después de siete discos, aunque beba de muchas influencias, uno tiene la sensación de que de alguna forma se repite. Tenía ganas de romper ese círculo y buscar caminos distintos para llegar a sitios distintos. Jugar un poco más con la electrónica, ponerme como un personaje. En eso me ayudó mucho esa concepción dramatúrgica del disco. Es decir, hay una intro, hay una escena oscura, que no todas las canciones tienen que representarte a ti, como sincero o cantautor, sino que forman parte de una historia. Entonces hay momentos que quizás son más oscuros, más críticos… y después otros que tienen otro carácter. Eso me ayudó mucho a buscar otras formas de expresar lo que yo también tengo, pero que a veces caía siempre en el mismo estilo, por decirlo.

Esa dramaturgia es evidente que viene de haberlo sacado en disco-libro, y nos confiesa que le gusta mucho dar mensaje. Como que me gusta mucho reflexionar sobre el mundo actual, sobre lo que a mí me funciona… así que esas reflexiones yo las comparto en las canciones. Pero la canción no deja de ser un poema, no deja de tener la belleza como forma. Sentía que, para terminar de explicar lo que quería contar esa canción, el libro era un espacio magnífico para desarrollar ahí un poco más mis ideas mentales.

Ahora que dices la palabra contar. ¿Para ti qué tiene más significado a la hora de una canción: contar o cantar?

Yo creo que contar, porque ya es música. Tampoco me considero un cantante como tal; me considero más un contador. Y yo creo que muchas de mis canciones conectan con la gente por el mensaje y, evidentemente, por la música. Pero sí, le doy mucha importancia al tener algo que contar. Si no, puedes tener una forma muy bonita, pero si no tienes algo que contar, para mí falta mucho. Se queda vacío.

Para él, desde su música quiere abordar la actualidad, temas que le preocupan y no sabría cómo hacerlo si no es por medio de la composición. Si fuera una música que no tiene mensaje, que no despierta esa cierta reflexión sobre lo que nos rodea, los problemas que podemos tener como humanidad, como personas, perdería algo de función. De una función que yo creo que es importante para mí, de comunicar. Es decir, todo va muy deprisa, yo voy muy deprisa, ese mundo me agobia. ¿Qué me va bien a mí? Eso y aquello, pues lo comparto. Para mí eso es lo que le da valor también a lo que yo hago.

Mi música y mi forma de ver el mundo, aunque es muy crítica, siempre es muy optimista y muy luminosa. De hecho, ahí el título del disco y ese camino que recorre, el ritual de expropiación, es un ritual para encontrar un sitio mejor donde vivir, personalmente y colectivamente. Y de alguna forma, mis canciones, aunque a veces sean críticas, la energía que desprenden es alegre. Es música que se puede cantar, que se puede bailar, que transmite como sensación de veranito de alguna forma, pero a la vez tranqui. Cuando escribo, siempre lo hago desde un sitio de compartir salud, porque hay mucha mierda rondando por ahí. Así que para mí no me ha reñido poder ser crítico o poder alertar de cosas que pueden ser chungas de este mundo, pero lo puedo hacer bailando.

¿Cómo es tu forma de componer?

Normalmente, lo primero es la música, porque me pongo con la guitarra, canto sin letra, entonces salen melodías, salen estructuras que a mí me estimulan. También creo que es muy importante, o al menos yo lo utilizo mucho, que es escuchar. Me cuesta mucho componer si no hay un silencio, un tiempo, un espacio de escucha atenta, de decir: Vale, tengo que componer. Voy a convertirme un poco en una esponja». Entonces, de repente, cualquier cosa, una conversación con amigos, una noticia o no sé qué, todo eso se va como poniendo en esa cestita que después termina siendo la canción. Ya sea por una melodía, ya sea por un tema. Es como un collage, que voy poniendo esos recortes con la intención de montar algo, pero requiere de esta actitud de escucha con intención. Para mí esa es la base; a partir de ahí, pues, hay caminos: que es primero la música, después la letra, o primero el tema y después cómo quiero que suene. Pero para mí es muy importante eso primero, esa escucha.

Admite que, con el tiempo que lleva en la música, dice haber tomado conciencia de la importancia de muchas cosas del proceso creativo, que inicialmente se tiraba a la piscina. Desde esa concepción previa de lo que quieres contar a nivel de relato, desde preocuparme bastante más por lo que es la producción, el sonido, cómo quiero que suene y qué herramientas se pueden utilizar para que suene así. Todo eso al principio no estaba en mi mente; fluían las canciones y salían, que también tiene algo de bonito, porque hay una cosa ahí fresca, espontánea, que es maravillosa. Y a nivel de industria y de momento, claro, son siete discos, pero también son unos años más. Y uno aprende a vivirlo con una distancia emocional suficiente como para no agobiarse, no preocuparse, no estresarse, pero sabiéndolo disfrutar. Que eso, hay discos pasados que no lo he sabido vivir así, porque es un proceso en el que te entregas allá, que hay una inversión, no sabes si va a funcionar, pones expectativas, quieres que guste. Todo esto a veces va en contra del disfrute, de la creatividad. Entonces he aprendido a convivir con eso, pero disfrutando del proceso y del después, del compartir. Eso ya son los años que te enseñan a quitarle un poco de peso.

De cara al directo, ¿cómo te preparas un directo, y en este caso la presentación del último disco?

Eso sí que ha cambiado, porque yo antes era muy de ensayo musical; pasamos los temas y a tocarlos. Pero cada vez he tomado más conciencia de que una buena puesta en escena también puede contar mucho, más allá de lo que son las canciones. Empecé con lo que yo cuento de cada canción, cómo ato el repertorio, y terminé incorporando danza, textos escritos que recito yo o algún músico. Como creando un entramado de texturas, más teatral casi, con un vestuario trabajado, con una dinámica de densidades en el bolo que ayuda a que sea diverso y que vayas entrando en ese mundo. Que va mucho más allá de un concierto al uso, digamos.

¿Es como vestir las canciones?

Sí, y además me he dado cuenta, sobre todo con la danza, que es un arte que yo admiro mucho, pero no había trabajado con él directamente, que realmente cuando unes dos disciplinas artísticas, se potencian mutuamente. De repente, esa coreografía con esa música, ¡pum!, brilla, pero es que escuchas la letra de la canción distinta, porque el gesto aquel te hace fijarte con algo que dice la letra. Eso me parece maravilloso. Es como sumar significados; de repente estábamos ensayando y estaba viendo y dije: Uy, quizás es demasiado contenido en un minuto; no puede ser tanto movimiento, luces, el texto, la música, pero al final creo que es lo bonito y también es lo que a mí ahora me estimula.

Nos cuenta que con este concierto, al llevar danza, no le da margen a la improvisación, pero que en un concierto normal le gusta dejarlo abierto; incluso que en los últimos años lo que hace es dejar que la gente pida canciones, y muchas veces son de los primeros discos, y lo ve como algo vivo. Pero que con la danza y la electrónica son dos condicionantes que no dejan que se pueda incluir en un directo el improvisar.

Si tuvieras que mandar una invitación para el concierto de mañana, ¿cómo sería?

Diría que si quieren descubrir una cosa distinta, vivir una experiencia que va más allá de un concierto y conocer canciones que te hacen salir del concierto con una sonrisa y con las pilas cargadas, que vengan, porque se lo van a pasar bien, van a ver una película de alguna forma y van a salir más felices.

¿Y tú piensas que luego cada uno, a lo mejor que va al concierto, va a salir con su propia película después de esas letras que puedan escuchar?

Sí, en ese caso, que la propuesta es hacer ese ritual, o sea, un ritual no te lo pueden contar ni puedes escucharlo, tienes que hacerlo y tienes que hacerlo tú. Y eso es lo que proponemos en directo: «Hagamos ese ritual todos juntos». Me ha escrito gente después del concierto: Tu ritual funciona, porque esto, eso y aquello. Y yo digo, wow, lo había pensado distinto. Eso es lo bonito del arte, que tú haces una propuesta, pero cada uno le puede dar su significado y llevárselo a casa para lo que uno quiera.

¿Un sueño por cumplir?

Es un sueño que me encantaría que fuera aplicable a toda la gente que se dedica a la música en un nivel como el que yo me muevo, que es no tener que sufrir por si el proyecto funciona o no. Ojalá hubiera un ecosistema de la industria musical que permitiera a artistas ya semiconsolidados; evidentemente, cuando empiezas, hay que currárselo, pero es tan difícil que nos pasa a todos y en todos los trabajos, que todo es muy inestable. Pero ojalá hubiera ese sitio donde llegar. Tampoco es que lo quiera petar. No, quiero tener mi público y no tener que sufrir con eso y poder disfrutar de la música. Eso es un sueño por cumplir. Y no me puedo quejar porque a mí me va bien. Pero a veces esto empaña lo artístico, cuando la parte esa de la industria, de remar el proyecto, de la parte económica, del circuito, del manager… de repente te quita mucha energía.

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