No es inusual que el cine reflexione desde distintas perspectivas sobre la condición humana, la identidad sexual o el paso del tiempo. De hecho, podríamos citar cientos de películas notables de diversos géneros que abordan cada uno de estos temas. Sin embargo, no es tan frecuente encontrar en el panorama contemporáneo, historias que exploren la identidad sexual en la tercera edad y que amplíen el mapa cinematográfico en torno a la diversidad y el envejecimiento.
Sin duda alguna, ahí radica la fuerza de «Maspalomas» que, a través del retrato íntimo de su protagonista, entrelaza ambos caminos para plantear desde el inicio, preguntas incómodas como:
¿es la libertad un logro definitivo o una conquista que debe defenderse incluso en la última etapa de la vida?, ¿qué ocurre cuando alguien siente que debe volver a esconderse?

Vicente, un hombre de 76 años que vive su homosexualidad con naturalidad en la turística localidad canaria de Maspalomas, se ve obligado a regresar a San Sebastián e ingresar en una residencia de mayores tras una ruptura amorosa y un accidente inesperado. Su vuelta no solo lo enfrenta al reencuentro con su hija, a la que abandonó años atrás, sino también a un entorno que, aunque en apariencia protector, funciona como un microcosmos social de esa generación, cargado de normas invisibles, que lo empuja a «volver al armario» del que había salido décadas atrás.
Esa inversión del relato habitual sobre «salir del armario» que muchas películas sobre diversidad celebran como una conquista definitiva, constituye el corazón dramático de la propuesta. Aquí la libertad no avanza: retrocede. Y lo hace en la vejez, donde la fragilidad física y la dependencia social convierten el repliegue en algo mucho más doloroso. Para Vicente, el conflicto no es solo envejecer ni solo amar con libertad y dignidad sino comprobar cómo ambas realidades, al cruzarse, lo empujan nuevamente hacia el silencio desde una posición de vulnerabilidad.
La actuación de José Ramón Soroiz no ha pasado desapercibida desde la presentación de la película en la Sección Oficial de la pasada edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. La Concha de Plata a la mejor interpretación protagonista que recibió el actor vasco, honraba un trabajo profundamente humano, lleno de matices y de una sensibilidad extraordinaria, capaz de dotar con gran credibilidad a un personaje de gran complejidad.
La estela de premios ha continuado recientemente con el premio José María Forqué (otorgado por el colectivo de productores audiovisuales) y el premio Feroz (concedido por la prensa cinematográfica), ambos a la mejor interpretación masculina protagonista, y todo apunta a que su exitoso recorrido culmine mañana en los Premios Goya, donde su nombre suena con fuerza para alzarse con el galardón en la gran noche del cine español.

Cabe destacar también la presencia de Nagore Aramburu, una actriz extraordinaria cuya contención expresiva, serenidad interpretativa y capacidad para sostener silencios llenos de significado, enriquecen cada escena y nos regala un personaje tan complejo como sutil. Su reencuentro con José Ramón Soroiz supone además un aliciente especial para quienes disfrutamos hace tiempo de su trabajo conjunto en la aclamada serie «Patria».
Por su parte, Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi, miembros habituales del colectivo Moriarti, vuelven a poner de manifiesto su sensibilidad para narrar historias profundamente humanas desde una puesta en escena sobria y contenida. Lejos de la dramatización exagerada, apuestan por un ritmo pausado y un realismo depurado que coloca en primer plano los matices emocionales de sus personajes, observados con una atención minuciosa. Un estilo que ya pudimos disfrutar en anteriores producciones suyas como «Handia», «La trinchera infinita» o «Loreak», título que por cierto elevó la popularidad de Nagore Aramburu en el panorama cinematográfico.


Con todo esto, podemos decir que «Maspalomas» no solo amplía los horizontes de la representación cinematográfica de la diversidad, sino que también invita a una reflexión profunda sobre la vulnerabilidad, la memoria y la persistencia de la identidad a lo largo de la vida. La película nos recuerda que la libertad no siempre es lineal ni definitiva, y que el coraje para vivir auténticamente puede ser tan relevante a los 76 años como a los 26. Un mensaje que sin duda trasciende la pantalla y nos hace empatizar mucho más con los «Vicentes» de nuestra sociedad.
