Treinta años desde que surgió Blues Cazorla y han dado para que se llegue a la edición número veintiocho. Tres días de música, durante mañana, tarde y noche, en las plazas y calles de Cazorla y en la Plaza de Toros. Una edición intensa y que ha desplegado el blues por otros estilos, y se ha enriquecido con esa mezcolanza haciéndonos ver la evolución de la música y por ende el blues.

Eddy Smith arrancó su concierto y la edición de Blues Cazorla con su seña de identidad, su voz rasgada, con esa potencia en escena que tanto destaca y que aporta personalidad a sus canciones, y como no, acompañado de sus cuatro compañeros de escenario, donde las guitarras, bajo y batería acompasan al cantante. Los punteos de guitarra acompañan cada sílaba y el teclado de Smith. Eddy Smith & The 507 fueron cambiando durante el concierto, apareció la armónica, Smith dejó las teclas para fundirse con la guitarra y que la banda suene más potente todavía con punteos de blues total tanto en guitarras como en bajo. Cuando está la armónica, parece que estamos en un concierto de gospel, ya que el empaste de su voz y registros armonizados con la banda están influenciados por la música soul. Pero no acaban ahí los registros de voz y de sintonías, las guitarras nos llevan también por el rock con sus riffs y punteos. Una actuación que fue entrando en calor a medida que avanzaban las canciones, que Eddy brindaba con el público y nos deleitaba con esa voz que posee un quejido al cantar que parece que llora las canciones, dando así una impronta mayor a cada tema.

Esperada, muy esperada era la segunda actuación de la noche del jueves 4 en la Plaza de toros, y no defraudó, Xavier Amin Dphrepaulezz, alias Fantastic Negrito, hizo gala de su nombre y fue fantástico durante toda su actuación, vital, enérgica y totalmente embriagadora, no solo fue un concierto fue un show en toda la extensión de su palabra. Provocador desde el primer segundo, y así prosiguió hasta el final, llevándonos con su voz y su música por el blues, el soul, R&B, jazz, reggaee… su música no pone cortapisas, ni barreras, su voz sube y baja, con unos giros brutales e incluso por momentos te puedes sentir con ella en una ópera, unos registros prodigiosos, sabe modular la voz con maestría y saber encajar cada nota en el estilo que quiera cantar en cada momento. Cuando se aferra a la guitarra, baila continuamente al lado de su banda, con otra guitarra y el bajo, y ahí incluyen algo de psicodelia y distorsión en la voz, es cuando el rock destaca mucho más, y el reggae. Habló con el público en inglés en todo momento, preguntando cómo os sentís hoy. Yo me siento bien, estoy feliz aquí, y en un momento incluso en español, y ahí es cuando incitó al público a seguirle con los coros. A mitad del concierto nos puso en pie ya con el blues, trasladándonos al viejo Mississippi. Puedes pensar que estar ante la voz de un reverendo, aunque simplemente estemos ante la ceremonia de la celebración de la música, del disfrute vocal que despliega Fantastic Negrito. Y si ya nos tenía ganados con un arranque de un solo bien largo, dejó latente que su voz es su motor y que engancha. Cantó a California, pero sorprendentemente los dejes sonoros nos llevaban a Japón. No hay cortapisas para Fantastic, que dejó el listón muy alto en el festival. Cerró su actuación con una canción que estará en su siguiente trabajo que saldrá en septiembre.


La banda más numerosa del festival, ocho en escena con Ray Collins Hot Club, una formación alemana que parte del swing para jugar con el jazz, el soul y el blues en escena, con una estética muy de la época de los años 50, con los atriles que nos hacen volar con un escenario recreado a la antigua usanza y la música a esa época. Lo mismo pasa con sus trajes mucho más clásicos y emulando una big band. Si cierras los ojos, como hace Ray Collins al cantar, te puedes sentir en un cabaret o dentro de una película con esa sonoridad de swing o de boogie. Destacan los vientos en todo momento, son los que dan más vitalidad a toda la actuación, los dos saxos tenor y el saxo barítono, los tres tocan y bailan con coreografías que parecen dibujar la canción. Nos dieron una actuación dinámica, con música muy pegadiza y bailable, y con gran complicidad entre ellos. Cuando uno era protagonista, el resto de compañeros arropaba con su cercanía y su instrumento, alentando a que siguiera destacando su parte. Pero efectivamente los vientos fueron la parte fundamental de esa actuación, moviéndose por todo el escenario, acompañando a cada estrofa como si contestaran al cantante o a otro instrumento, era un toma y daca de música, de enfatizar cada estrofa, y con el saxo barítono nos fuimos mucho más al jazz junto con el contrabajo. Doc Puky saxo fue el que tuvo mayor protagonismo junto con Ray Collins, con una energía increíble, una forma de transmitir y de sentir la música arrebatadora y que nos hizo movernos en todo momento.

La diversidad estuvo servida toda la noche, y el festival cerró la primera jornada con la banda más blusera del día, y fue con The Steepwater Band, cuatro componentes de Chicago, con la formación clásica de blues, dos guitarras, bajo y batería. Sus canciones arrancan con tonos blues para crecer en sonido rock, acoplarse en una armonía y llegar a un equilibrio. Aquí el batería y el bajo cobran mucho protagonismo, quizá sus instrumentos son los que más destacan de toda la noche. Los americanos tienen mucha parte instrumental para dar protagonismo a las cuerdas, a los riffs y punteos vitalistas del blues y del rock, recordándonos por momentos al puro blues de The Alman Brothers Band. Jeff Massey es la voz en casi todo el concierto, pero también destaca por su asombroso manejo de la guitarra, de su elevación de las notas para que la canción no se haga monótona, y al mismo tiempo es quien coordina al resto de la banda buscándolos en el escenario a la par que se comunica con el público con la música y con el cuerpo. No estuvieron los cuatro solos en Cazorla, Marcos Coll acompañó su concierto para dar el toque de armónica y así centrarse mucho más en el blues durante el tiempo que el madrileño/gallego/manchego estuvo con ellos, tocando y bailando al son de su música con una pequeña coreografía para armonizar y para ver la compenetración que tenían, con las guitarras como maestras de ceremonias. Para una canción mucho más melódica utilizaron una keytar y así marcar con el bending un blues mucho más clásico y armónico. Un final de fiesta del día 4 con el blues más clásico proveniente de Chicago y de sus calles.

La noche del viernes comenzaba con ímpetu, con energía y vitalidad guitarrera, y eso que eran solo tres en el escenario. El básico, guitarra, bajo y batería, tres artistas en escena de negro impoluto, a excepción del instrumento del bajo, y una guitarra que Eric sacó más adelante. Eric Johanson era el amo y señor de la guitarra, de su banda y de su forma de cantar y tocar, podría haber sido un concierto totalmente instrumental, porque esa forma de tocar es delicatessen, una maravilla durante toda la actuación, solos muy largos, haciendo temblar la guitarra, rascándola, arañando cada nota con rabia, pero con un rostro totalmente impasible. Sus composiciones van de menos a más, casi contando más que cantando, para subir notas y tonos con la guitarra y la compañía y potencia del bajo y la batería que acompasan en todo momento, sin dejar a Eric en solitario, salvo en algunos comienzos donde la guitarra es totalmente protagonista. Johanson alarga los fraseos al cantar al igual que alarga sus punteos en la guitarra. Es pura concentración a la hora de actuar, pero sin olvidarse que tiene dos compañeros en escena y que la compenetración y cierta escenografía dibujan en forma triangular, hasta que él se va al centro para desplegar sus dedos con brío. En la mitad del concierto estuvo más de cinco minutos, arrebatadores en solitario, un gustazo y un regalo para nuestros oídos y disfrute. El último tramo del concierto sube la fuerza musical y hay momentos que parece entrar en trance, un blues muy moderno, pero sin dejar de lado la esencialidad del estilo, y siendo fiel a transmitir. alguien del público se llevó la púa de Eric Johanson.

La noche iba a seguir desafiando a la superstición de los artistas, toda la formación de Mr. Sipp de amarillo. Informales y activos como su música, que no para y es un desenfreno total. Castro Coleman, a.k.a. Mr. Sipp o ‘Mississippi Blues Child’ lleva más de treinta años en los escenarios, 22 de ellos dedicados al góspel, algo que demostró en el concierto, bueno más bien un show en toda regla desde el comienzo, animando al público a subir las manos, el resto de su carrera ya se ha centrado en la guitarra y bien que lo demostró con una actuación puramente bestial, variada y con mucho ritmo. El uso de la música instrumental estuvo presente en todo momento, pero no sólo por su parte con la guitarra, sino también el resto de la banda, bajo, teclado, órgano y batería. Mr. Sipp posee una voz que navega entre el reggae y el blues, que la adorna en todo momento con sus bailes, alargando mucho los temas. Si ya le habíamos visto moverse a medida que las canciones avanzan, el ritmo crece, lo mismo que en sonoridad, y la potencia de su guitarra. Y avanza y avanza con sus solos, arropando a sus compañeros de escenario, dejando que cada uno brille, diciendo al público: «Amantes del blues, escuchadme» y ahí la revolución viene dada al bajarse al público guitarra en mano y disfrutando con su música algo que traslada al público. No podía dejar de lado su faceta en el góspel, y a la vuelta deja su guitarra y junto al órgano nos deleita con una canción extremadamente vocal, con notas muy rasgadas y pegadas a la emocionalidad. Mr. Sipp no es solo Castro Coleman, son cuatro artistas que llenan el escenario con sus solos, sus compenetraciones, sus coreografías totalmente imponentes por su sencillez, ensalzaban su música y su pasión por ese blues animado y de celebración de la música por encima de todo. Dejan evidente que, si se divierte, nos divertimos el público, y mucho.

Llegamos al artista más longevo del festival, un pianista que lleva 60 años en los escenarios. Ha variado y transitado por muchos estilos, desde el góspel al jazz, del R&B al blues y toques de soul, pero siempre con un toque especial es su forma de tocar, y así lo demostró en Blues Cazorla, suavidad y elegancia en su actuación. No arrancó él el concierto, lo hace el bajo tocando y cantando y ya en la segunda canción apareció Kenny “Blues Boss” Wayne, también de amarillo, traje, con la tranquilidad que da el recrearse en pasearse por un escenario donde le espera su piano, para tocar con mucho tiento, pero primero saludar con un «Hola». Wayne tiene una voz muy especial, elegante y tierna, con rasgos clásicos, recordándote a «Great Balls of Fire». Se nota su etapa de predicador porque alterna casi el recitar con el cantar para llevarnos por un tarareo y así vernos inmersos en su música. Bajo con gran protagonismo, transmitiendo mucho, ya que dibuja su música con su cuerpo. Sus movimientos son vitales y cuentan lo que está haciendo con sus manos. Destacar que toda la formación tiene una gran soltura en sus manos, parece que todo sale con fluidez, con sencillez, llegando a una gran fusión entre todos. En un momento dado, la sintonía entre la guitarra y el piano es tan grande que nos trasladan a un mundo más jazzero. Nos regala una versión de la mítica canción de Edwin Hawkins. «Oh happy day» y de Louis Armstrong, «What a Wonderful World» estando solo en el escenario con una gran sensibilidad, y sí nos hizo viajar hacia un mundo maravilloso, por un momento, por el mundo de la música, de su música y de su forma de contar y cantar.

The Soul Jacket cerró la noche, que probablemente fue la más blusera de las tres. La potencia se hizo música con la mezcla de rock y blues que destilan, y no, no son americanos, son gallegos. Una banda que vive la música con pasión, con la diversidad que dan todos los componentes, cada uno aportando sus gustos, pero siempre con el blues de base. Bajo, batería, guitarras, teclado y voz, los cinco cuentan, cantan e interpretan cada una de las canciones para cerrar la noche del viernes. Hay un puntito de folk en su música, dando el cantante la particularidad de instrumentos nada usuales en el blues como es un cencerro y la percusión de mano, pandereta, con lo que busca, no solo con su voz, la compenetración con sus compañeros cuando lo instrumental toma su fuerza. Jorge Mizer y Guillermo Gagliardi a las guitarras, Jann Zerega al bajo Fender, Xabier Vieitez a las teclas, Mauro Comesaña a la batería y Toño López a la voz, un sexteto blusero que nos dio un cierre con gran nervio. Toño, en un momento del concierto, dijo: «Este es el paraíso y nosotros los elegidos», y sí, buena elección para cerrar con energía positiva la noche, con canciones que van de menos a más, con una forma muy marcada de mostrarnos cada ritmo y sus cambios. Mauro, batería, junto con Toño, son los maestros de ceremonias del grupo, son los que dan paso a cada instrumento, a cada nota y a la evolución de las canciones. Este parece que era su último concierto del año, aunque nunca se sabe, lo que sí que supimos es que exprimieron al máximo su potencial musical y disfrutamos del blues con nombre español.

Última jornada y muchas expectativas puestas en una noche donde la variedad estará servida. Hubo un cambio y abrió la noche Billy Branch and Sons Of BluesBranch (armónica y voz), Andrew «Blaze» Thomas (batería y coros), Sumito Ariyoshi (teclados y coros), Marvin Little (bajo y coros) y Giles Corey (guitarra y coros)- y es una banda bien armonizada por la unión sonora de todos los instrumentos, se acompañan en todo momento, y realizan una música tan clásica, dentro del blues, como pegadiza y con ritmo para bailar. Branch dice estar encantado de estar de nuevo en España, y da gracias al festival por mantener el blues. Con su armónica nos lleva por su Chicago, para ir zigzagueando por temas que dice estar influidos por la música clásica como Mozart o Bach, pero cuando la gente despega a estar en sintonía con él es cuando despliega su música hacia el boogie -aquí se marcan unos grandes solos cada uno de ellos sobre todo el teclado- y algunos temas con mucho swing marcados por la armónica, el bajo y la guitarra. No duda en bajarse al ruedo, con una canción mucho más melódica, pero que se revoluciona cuando las teclas entran a acompasar la melodía. Lo hace despacio, se recrea con el público sin prisa, al subir tiene todos los coros y comienza otro concierto distinto, mucho más potente, más blues, con una voz mucho más ronca. Y así, con su energía y su armónica, nos llevó hasta la ya mítica Miss you.

La única mujer que estuvo en la Plaza de Toros de Cazorla fue Ana Popovic, una ya asidua a nuestro país, y al festival. Una voz cálida a la par que robusta, añadida a su presencia escénica hacen que la cantante serbia, afincada en Estados Unidos, sea una revolución en cada actuación, siempre está acompañada de su guitarra slade y se mueve, musicalmente hablando, entre el funk eléctrico, el jazz y el blues, sonidos armónicos, fuertes y contundentes que se suavizan, lo esencial, con su voz, y aun así con esa finura musical también nos adentra en matices de rock por momentos. Sus punteos y riffs son largos, profundos, con un gran manejo de la guitarra y se nota esas raíces de la música negra que ha cogido en su país de acogida. Aquí vino acompañada de una sección de vientos que hacía de su actuación una versión muy actual del blues, encajando a la perfección cada instrumento adicional al blues clásico de guitarra, bajo y batería. Tiene una gran habilidad para marcar los tiempos con la banda, bailar con la música al son de la mano musical que le dan sus compañeros, y que eso potencie cada canción, tiene una tonalidad blusera brutal que se ve incrementada con el saxo y trompeta que tuvieron un gran protagonismo porque impregnan cada canción con otro color musical, pero sin sacarnos del blues. Destacó, brilló y nos hizo disfrutar de un blues contemporáneo sin perder lo más clásico que aportan otros estilos que dio a su concierto.

Mike Farris & The Fortunate Few, tercera banda en entrar en escena, y no sé si es que yo no entré en el concierto o viceversa, pero su extremo sonido me hizo que no empatizara con su música. ¿Qué tiene voz? No lo dudo, ¿qué la banda es buena? Sí, pero ¿por qué estar constantemente subiendo el volumen si lo único que hacía era que sonara estridente en todo momento? Tiene presencia escénica, muy llamativo, y elegancia a la hora de tocar, eso no se lo quita nadie, y cuando los tonos bajaban su voz destacaba, que iba acompañada de dos chicas en los coros, ahí en parte salía su faceta de góspel, aunque realmente su concierto pasó a ser mucho más de rock, por la garra de la impronta de guitarra y bajo. Adelantó algunos temas de lo que será su próximo trabajo que saldrá en septiembre (hace seis años que no saca disco) y con el que vendrá de gira por España. Ahí en esa parte alargó su concierto para dar a conocer sus nuevas propuestas.

Y para cerrar el telón de Cazorla llegaron Los Reyes del K.O, se hicieron de rogar, como los buenos, haciéndonos vibrar cuando salieron al escenario. Ellos no son una banda al uso, son un grupo de amigos que se reúnen para disfrutar de su pasión por la música, así lo dijo Adrián Costa, que es quien lleva la batuta en la banda, aunque en esta ocasión es con la voz y la guitarra. Potencia, fuerza, positividad y unidad es lo que caracteriza a la formación, con un empaste escénico entre ellos que es más que visible y tangible a la vista. Hay buen rollo y se transmite en sus risas, comentarios y en su forma distendida de tocar y cantar. Dos baterías, un bajo, dos guitarras y una armónica dan vida a canciones que llevan a sus espaldas muchos años. Cool Cool mama, de sus primeras canciones, La paloma del mismo disco, y otras más como Si me quieres, tienen el don de cantar en tono blues canciones que sobrevuelan por músicas cubanas entre otras, y al mismo tiempo juegan al blues más clásico, muchos riffs repitiendo las estrofas para que la armónica de Marcos Coll sobresalga. El feeling entre la banda es brutal, pero entre Adrián y Marcos es de otro planeta. La experiencia es un grado, y ellos juegan con ventaja. Su unión desde la adolescencia hace que la complicidad sea una nota más en cada canción. Realmente el final del festival se hizo corto, pero seguramente que volverán al festival, para que el bajo de Javi Vacas siga brillando y la guitarra de Emiliano Juárez siga rugiendo al son de sus compañeros, y puntear con sutileza y garra al mismo tiempo la guitarra, saliendo un sonido tan natural como acorde a todo lo que hay en el escenario, y no, no nos olvidamos de la batería de Juli el Lento y Antonio Pax Álvarez, que aunque estén en el fondo, no paran en todo el concierto marcando un gran ritmo a cada interpretación. Aquí en la actuación de los seis, nada sobra, todo es complementario y necesario para hacer de todo un conjunto.

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