Sandra Kramerova vuelve al teatro con su espectáculo de danza El amor en 100 gestos llevando al lenguaje de la danza contemporánea cien gestos amorosos rescatados de pinturas románticas. En esta ocasión se acompaña de Andreea Braga, la prometedora soprano, y becaria de la Fundación Katarina Gurska, donde ambas crean un diálogo entre la música y la danza, entrelazando el presente y el pasado de esas artes escénicas.

Esta nueva obra de Sandra Kramerova tendrá tres representaciones en Madrid los días 6, 7 y 8 de junio en el Teatro Lagrada.

El amor en 100 gestos, ¿cuál es el germen de esta creación?

El origen está en una obsesión que tengo hace tiempo con el significado de los gestos representados en los cuadros, en los que acciones comunes como tender la mano, abrazar, apoyarse o sostener a alguien comunican el amor de forma muy directa y sencilla. Entonces me pregunté si esos gestos llevados de los cuadros a un escenario hablarían de la misma manera. Tenía curiosidad por saber si los gestos eran universales o sólo específicos de un determinado periodo histórico o estilo/cultura. En esta obra en concreto he limitado la investigación a 100 gestos que he encontrado en diferentes pinturas, intento jugar con ellos y exponerlos en diferentes contextos. Casi me siento como un historiador en acción. Es a la vez un trabajo muy específicamente físico y al mismo tiempo intensamente mental.

Has pasado de Salto Moral con una imagen muy futurista en escena, a El amor en 100 gestos, algo mucho más terrenal e íntimo a priori, ¿cómo es ese paso de una obra a otra?

Siento que como creadora me emocionan diferentes temas, que siempre reflejan de alguna manera situaciones o momentos por los que estoy pasando como persona. Salto Moral, que gira en torno a la alienación y la moralidad, fue mi primera pieza producida en España. Me sentía bastante sola con mis pensamientos, desconectada de mi vida anterior y sin formar parte de ninguna comunidad aquí. Con la nueva pieza tengo la sensación de haber llegado, de estar presente donde estoy y de abrazar mi situación actual. Siento la necesidad de ser más introspectiva, sin necesidad de hacer ninguna sentencia, sino de ser rigurosa en cuanto al proceso de creación.

En esta obra no estás sola en el escenario, aunque estáis en dimensiones distintas, una en la danza y otra en la música, ¿cómo interactuáis y cómo ha sido el trabajo en común?

La soprano Andreea Braga me acompaña en el escenario durante parte de la obra. Con su talento, su voz y su presencia tiene la capacidad de completar, desafiar y contradecir mi interpretación. La química que hay entre nosotras aporta capas a nuestra interacción, basada en el contraste entre presencia y ausencia, fuerza y vulnerabilidad, significado y abstracción. Trabajar juntas ha sido intuitivo: yo coreografiando los gestos de amor y ella ideando la música a partir de su repertorio, viendo cómo podemos utilizar los gestos dentro de cada canción y de qué manera podemos relacionarnos el uno con el otro a medida que cambian la música y el contexto.

Andreea Braga y Tsisana Kikabidze, ¿cómo entran a formar parte de este trabajo?

La soprano Andreea Braga es una de mis alumnas del Centro Superior Katarina Gurska. Disfruto enormemente de mi labor docente en esta escuela e impartir clases de Técnica corporal a cantantes de ópera me ha dado mucha alegría e inspiración en lo que respecta a la relación entre la danza y la música en directo, y he decidido explorarlo más a fondo con esta nueva pieza. Tsisana Kikabidze está estudiando un máster en piano en la misma institución. Acompaña a Andreea en sus conciertos y las dos trabajan juntas a menudo. Cuando le presenté la idea de que Andreea cantara en esta nueva pieza, Tsisana aceptó tocar el piano, para que no fuera sólo una pieza de danza, sino también una experiencia musical completa.

Podríamos decir que hay una tercera parte en la obra y es la parte visual. ¿Cómo ha sido esa parte creativa por parte de Álvaro Congosto y el trabajo vuestro en común?

Álvaro y yo colaboramos en muchas de mis obras de danza, ya que siempre me ayuda a apoyar mis ideas de danza con contenido visual. Sin embargo, para El amor en 100 gestos quería trabajar con menos elementos y dejar que el movimiento hablara por sí mismo, ya que esta obra no requiere entender el contexto como las anteriores. Por eso decidimos que los gestos «pintaran» el contenido visual a través del movimiento, para que el público pudiera reconocer (o no) las pinturas por sí mismo, sin mostrarlas en pantalla. Álvaro, en esta ocasión, ha hecho el diseño de la iluminación.

Utilizas mucho lo audiovisual en tus obras, ¿crees que es importante la interconexión entre diferentes artes?

Me encanta conectar y entrelazar diferentes disciplinas para expresar mi visión, con la danza siempre en el centro de la obra. Me gusta recurrir a otras formas artísticas, como el vídeo, las imágenes o el texto, porque creo que ayudan a plantear preguntas y a reflexionar sobre el material de danza. Es como si se ofrecieran dos flujos de información al mismo tiempo, diferentes partes del cerebro, el corazón y las tripas trabajando al unísono. En este caso la propuesta es más minimalista, más desnuda, con 5 arias, y 100 gestos como único vocabulario musical y corporal.

El amor y su universalidad. Parece fácil, pero complejo al mismo tiempo, ¿cómo es esa búsqueda de lo efímero, como la palabra amor, y poder plasmarlo en escena?

Mi búsqueda en este tema ha sido muy específica: Primero elegir cuadros que de alguna manera retrataran el amor y luego recrear los gestos de los cuadros en escena. Mi intención no era comentar ni dar mi opinión sobre el amor, sino confrontar al espectador con la forma en la que se expresa en los cuadros en diferentes épocas y estilos artísticos para ver qué respuesta producen esos gestos. Mi investigación se alimentó de preguntas como: ¿será la gente capaz de reconocer los gestos? ¿Se sentirán conmovidos? ¿Tendrán los gestos el mismo significado en el escenario que en el lienzo? ¿Significan lo mismo si se ejecutan en soledad?

100 obras elegidas para El amor en 100 gestos, ¿cómo ha sido ese estudio, y cómo se han elegido las obras?

Paso a paso fui recopilando una selección de cuadros que retratan pequeños gestos, caricias, abrazos, inclinaciones. Me interesaba el elemento coreográfico de la pintura, es decir, cómo se inclina el cuerpo, si es muy estático o se inclina hacia el espacio, hacia alguien o algo o se aleja de ellos. También fue emocionante jugar con la idea de estilo: ¿en qué se diferencia un gesto de un cuadro expresionista de un gesto de un cuadro renacentista o barroco? ¿Es tenso, ligero, dramático o simplemente funcional?

Fue una sorpresa divertida descubrir que a veces las proporciones de los cuadros (para que parezcan reales) son imposibles de reproducir físicamente. Por ejemplo, sostener la mano y el hombro de otra persona mientras se inclina hacia el espacio con el codo doblado no es físicamente posible. Sin embargo, parece muy realista cuando lo vemos así dibujado.

¿Qué ha sido lo más fácil y lo más complicado de la obra para ti?

Lo más difícil fue memorizar los 100 gestos de forma que los tuviera lo suficientemente incorporados como para poder jugar con ellos. Es decir, poder realizarlos con diferente calidad, intención, ritmo, etc. No sé si fue lo más fácil, pero sin duda lo más divertido fue coreografiar con el vocabulario ya existente todas las canciones de la obra.

Cada artista suele tener un denominador común que plasma en cada obra, ¿cuál es el tuyo, y que nexo puede tener esta obra con las anteriores que has realizado?

Como creadora, me gusta crear tensión, poner las cosas en contraste, yuxtaponer lo lírico y lo físico, lo inteligente y lo divertido, algo muy concreto y algo muy abstracto. Creo que en cierto modo soy una creadora de collages. Hago rompecabezas de conceptos filosóficos, sentimientos bailados e ideas catalizadoras.

Vais a estar tres días en Madrid, ¿qué nos vamos a encontrar en esa sala?

El amor en 100 gestos se presenta dentro del festival Miradas al cuerpo en el Teatro Lagrada. Lo que puedes esperar es ver danza y música sobre el escenario conversando entre sí en un constante tira y afloja entre el sentido y el vacío. 100 gestos de amor que empujan, tiran y pisan fuerte en (des)armonía para hacerte cuestionar lo que estás viendo y lo que el amor significa para ti.

¿Próximos proyectos?

Con Álvaro Congosto estamos trabajando actualmente en una nueva película de danza llamada Spartakiada. Está basada en nuestra obra escénica multimedia El Cuerpo como Arma (Body as a Weapon) y es un solo que explora el uso del cuerpo femenino como herramienta para la dominación política dentro del contexto cultural de la propaganda socialista de Europa del Este. Celebradas una vez cada cinco años, las Spartakiádas eran desfiles masivos de estadio que reunían a miles de personas realizando ejercicios sincronizados de gimnasia y danza en la Checoslovaquia comunista. Estas coreografías sincronizadas eran una demostración de la idea de paz y comunidad por un lado, y del poder político por el otro. Una de esos miles de participantes es la protagonista de esta película, a la que observamos en su proceso de preparación para el evento, dividida entre sentimientos contradictorios de orgullo y frustración. Spartakiada es nuestra segunda película de danza juntos (nuestra película anterior LADIA se estrenó en 2017 y se presentó en festivales de todo el mundo) y estamos deseando sacarla pronto al mundo.

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