Tonos grises, protagonistas casi estáticos, emulando casi a un robot, voces parecidas sacadas de un programa de una IA… es lo que impera en Vida en pausa, un retrato de unos acontecimientos que se pueden hacer extensibles a la parte de la sociedad. ¿Estamos paralizados ante el miedo, las dudas y las consecuencias de lo que hoy en día acontece? ¿Hay posibilidad de romper las barreras que se nos imponen mucho más allá del conformismo que parece reinar?
El guion es compartido junto a Stavros Pamballis. Es compacto, y lleno de matices, dentro de esa sobriedad que plasma escénicamente, y que tan bien ha recreado Markku Pätilä, director de arte habitual de Aki Kaurismäki. Un trabajo en conjunto que hace que los hechos, reales, que se cuentan sean mucho más veraces, aunque por momentos, y nuestra mente quiera pensarlo, nos lleve a una supuesta distopía, una ensoñación que pudiera ser una pesadilla, como así es la historia.
Aborda el Síndrome de Resignación Infantil (afecta a los niños que llegan junto a sus familias pidiendo asilo político. Afectados por el trauma de la negación del mismo, entran en un inexplicable coma si la petición es denegada) a través de la vida de una familia que espera el asilo político en Suecia. Sergei y Natalia huyen de su país, Rusia, tras ser el marido amenazado por no seguir las pautas impuestas por el gobierno. Ahora, ya ilusionados por quedarse en ese país que acogió a la familia, se dan de bruces con la burocracia nórdica tras su rechazo y posteriormente con el hecho de que una de sus hijas sufriera un desmayo y quedara en coma.
Es una película estática, que nos lleva por la paralización del tema en cuestión, pero también extensible a la sociedad de hoy en día en muchos momentos. Potencian la frialdad y lo autómata de las personas, quitando casi los sentimientos en todos los sentidos y en casi todos los personajes, por parte de la sociedad en la que viven, por su rigidez, y por parte de ellos, por la necesidad de asentarse en un país para ellos seguro. Hay una crítica voraz al sistema, a las normas, a lo riguroso, sin tener un ápice de empatía, por el contrario, y a las situaciones vividas.
Desde la primera secuencia la huella de Yorgos Lanthimos está presente, recuerda por momentos a algunas de sus películas, pero también a toda al filmografía griega que encara su cine con un toque de frialdad total en imágenes y en parte en temática. El director Alexandros Avranas encara la primera película de ficción sobre el síndrome que apareció en los años 200 (y que ha día de hoy la ciencia no ha podido demostrar nada en concreto) de una manera potente, con sencillez a la par que dureza, y aporta parte de su anterior filmografía donde la infancia y la familia son temáticas que ha tratado.

